Violencia contra la mujer, la otra pandemia
Anteayer, 25 de noviembre, el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer fue una jornada dedicada a llamar la atención sobre uno de los rasgos más negativos de la sociedad contemporánea.
Como ya es habitual desde hace años, las principales ciudades del mundo son escenario de manifestaciones en las que se expresa la impaciencia, cuando no desesperación, de quienes ven lo lejos que está el mundo actual de superar la violencia que sufre, cada año más y con mayor crueldad, gran parte de la población femenina.
Los datos y hechos que respaldan esa realidad son abundantes. Como lo confirman todos los informes sobre el tema, son relativamente pocos los países donde se registra alguna mejora. Son en cambio una gran mayoría de países, entre los que se destaca el nuestro, donde los casos de vulneración de derechos de las mujeres se incrementan año tras año a un ritmo sostenido. Y en éste se están superando todos los registros anteriores de feminicidios y de violencia de género.
Es tal la magnitud del problema que los principales organismos internacionales lo han incluido en un lugar privilegiado en su agenda de prioridades.
En lo que a nuestro país corresponde, los balances son por demás desalentadores. De acuerdo con informes de la agencia de la ONU para asuntos de género, seguimos ocupando el primer lugar del índice de violencia física contra las mujeres, y el segundo, sólo después de Haití, por la cantidad de mujeres —gran parte de las cuales son menores de edad— víctimas de violencia sexual, además de la física.
Así de dramática es la situación actual a pesar de que ya han transcurrido más de siete años desde que se puso en vigencia la Ley 348 que ofrece a las mujeres una vida libre de violencia. La distancia entre las expectativas y los resultados obtenidos se agranda con cada año que pasa, lo que nos obliga a perseverar en los esfuerzos necesarios para combatir el fenómeno.
Para tener alguna esperanza de éxito ante el desafío, una condición principal es lograr una cabal comprensión de los factores que causan el mal, entre los que se destaca el contexto general signado por un aumento de la violencia en todas sus formas y contra todos los grupos sociales, sin distinción de ninguna naturaleza ni de género.
Conviene, por eso, hacer un esfuerzo colectivo proporcional a la gravedad del tema y no concentrar la mirada en sus manifestaciones más externas, las más visibles por sus contornos escandalosos, pero no por eso las más adecuadas para ver el problema en su justa dimensión.


















