Humberto Roca, un referente de la aviación boliviana
Conocí a Humberto Roca en uno de los momentos más turbulentos de la aviación boliviana. Yo venía del cierre del Lloyd Aéreo Boliviano (LAB) y buscaba nuevos rumbos cuando me encontré con él. Siempre digo que Humberto no solo fue un empresario; fue un personaje. Nació en Santa Cruz de la Sierra el 27 de octubre de 1958 dentro de una familia acomodada y, con el tiempo, su nombre quedó ligado al auge y la caída de la aviación privada en Bolivia.
Recuerdo perfectamente una escena que me marcó para siempre. Antes de entrar a su oficina, una señora se acercó desesperada. Su esposo había muerto en España, tenía dos hijos estudiando, una casa a crédito y ni un centavo para traer el cadáver de vuelta. Le rogó ayuda. Yo observé a Humberto desde lejos y confieso que me decepcionó un poco: parecía indiferente, casi frío. Pero minutos después salió acompañado de un funcionario de AeroSur y, sin hacer alarde, le ofreció a la mujer un pasaje para repatriar los restos, pagar tres años de colegio para sus hijos, cubrir el saldo de la casa y darle un trabajo en la empresa. Me quedé helado. Ese día comprendí que Humberto no era un hombre de discursos, sino de hechos.
Así era él: alegre, siempre de buen humor, amante de los trucos de magia y de la creatividad. Nunca lo vi enojado en los cinco años que trabajé con él. Incluso en las peores tensiones buscaba un chiste, una salida ingeniosa. Esa personalidad probablemente no le gustó a algunos sectores políticos; todos recuerdan el episodio con el entonces vicepresidente Álvaro García Linera, que terminó por convertirlo en enemigo del gobierno.
Bajo su mando, AeroSur se convirtió en una aerolínea distinta. Fue él quien decidió pintar los aviones con diseños de animales, incluido el famoso Torísimo, que causaba sensación donde aterrizaba. También fue AeroSur la que introdujo el primer 747-400 en Sudamérica para volar a Madrid, un salto enorme para la aviación nacional. Pero más allá de lo visible, AeroSur generó miles de empleos directos e indirectos, impulsó el turismo, abrió mercados, conectó ciudades olvidadas y aportó millones de dólares al movimiento económico del país. Durante varios años fue una de las empresas privadas que más tributos aportaba y, sin duda, la que más dinamizó el transporte aéreo boliviano en el exterior.
Con Miguel Roca, medio hermano por parte de padre de Humberto, presentamos el proyecto de recuperar la ruta Miami–La Habana–Miami, que en tiempos del Lloyd era altamente rentable. Muchos en el directorio dudaban, pero Humberto, con esa mezcla de visión y coraje que lo caracterizaba, dijo simplemente: “Vamos adelante”. Y salió bien, muy bien.
La historia posterior es conocida: la creación de BoA cambió el equilibrio en el mercado, y según Humberto, se volvió imposible competir contra alguien que hacía de árbitro y jugador a la vez. En 2012 AeroSur dejó de operar, y él terminó enfrentando procesos, acusaciones y finalmente el exilio. Yo fui uno de los que no cobró beneficios de la última etapa, pero siempre entendí que no fue él quien dejó esas deudas; fue la administración posterior a su salida.
En los últimos años, ya instalado en Miami, Humberto se dedicó al rubro inmobiliario, donde volvió a destacar por su intuición empresarial. Me contaron que tuvo éxito en varios proyectos y que incluso allí mantenía su estilo jovial, su humor y su capacidad para reinventarse. Desde allá sigue defendiendo su verdad y asegura que quiere volver a Bolivia y aportar nuevamente a la aviación, siempre que existan reglas claras.
Humberto Roca es, para bien o para mal, una figura irrepetible. Un hombre de visión, carácter, humor y una sorprendente humanidad. Un personaje que marcó la historia de nuestra aviación y que, estoy seguro, seguirá siendo recordado como alguien que se atrevió a volar más alto que los demás.
Columnas de Constantino Klaric





















