La relación con EEUU en los tiempos de Trump
El Gobierno de Donald Trump ha significado un cambio radical en la política exterior de EEUU respecto de la que condujo a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial. Es una política exterior que cree que el mundo, y sus aliados en particular, se han aprovechado de EEUU y que, por tanto, se tiene que corregir ese desequilibrio con una política de “primero EEUU” (America first).
Paradójicamente, la nueva política exterior de EEUU en relación con Latinoamérica, a diferencia del resto del mundo, es más un retorno al pasado, aumentado y profundizado, que un cambio fundamental en la misma.
Esta se caracteriza por considerar al hemisferio occidental como su feudo, donde los países que lo componen tienen limitaciones a su soberanía cuando entra en conflicto con los intereses de EEUU.
Aun antes de volverse una potencia mundial EEUU reclamaba para sí una hegemonía sobre el hemisferio occidental de acuerdo a la doctrina Monroe. En el tiempo en que se la proclamó, en 1823, EEUU no tenía la capacidad para hacerla cumplir, pero ya para fines del siglo XIX esa realidad cambió.
En 1895 el entonces Secretario de Estado, Richard Olney, declaraba “hoy EEUU es prácticamente soberano en este hemisferio y su palabra es la ley para los súbditos a los cuales limita su interposición”, refiriéndose a los países de la región.
A partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, EEUU, enfrascado en un enfrentamiento mortal con la Unión Soviética y el comunismo, veía a América Latina a través de ese prisma. El objetivo de su política exterior en la región era evitar que surgieran, en “su patio trasero”, regímenes que fueran afines ideológicamente a la Unión Soviética y funcionales a sus intereses.
Con el fin de evitarlo montó operaciones clandestinas para derrocar gobiernos que estimaba pudieran ser o convertirse en cabezas de playa del bloque soviético, sean o no estos elegidos democráticamente, como el de Allende en Chile, Arbenz en Guatemala y Castro en Cuba; si bien no tuvo éxito en ese último caso, casi causa una conflagración nuclear en el intento.
Con la implosión de la Unión Soviética y el advenimiento del mundo unipolar en 1990, EEUU relajó su obsesión por evitar que en Latinoamérica surjan regímenes inamistosos que llegaran a acuerdos económicos y de seguridad con potencias extracontinentales potencialmente en detrimento de la seguridad nacional de EEUU.
De otro modo, en un contexto de Guerra Fría, probablemente no hubiera podido surgir o mantenerse en el poder un régimen como el de Hugo Chávez en Venezuela.
Treinta y cinco años más tarde, el actual Gobierno de Donald Trump añadió el “corolario Trump” a la doctrina Monroe, por lo cual se la bautizó como la ‘Doctrina Donroe’.
Con ese complemento EEUU se arroga el derecho a intervenir en los países del hemisferio aún más allá de los momentos más agudos de enfrentamiento con la Unión Soviética durante la Guerra Fría, cuando así lo demande lo que considera es en el interés nacional, además de las antipatías y simpatías personales de Trump y su entorno.
El principal objetivo de EEUU en esta circunstancia es evitar que potencias externas, en especial China, logren establecer acuerdos estratégicos con países de la región.
La más espectacular demostración de esta doctrina en esteroides, sin ser la única, fue la intervención de EEUU en Venezuela con el rapto de Maduro y su esposa por fuerzas militares especiales de su residencia en Caracas, para enfrentar juicios en una corte de justicia estadounidense por narcotráfico y otros delitos.
Acto seguido EEUU llegó a un entendimiento con el Gobierno de Maduro sin Maduro, presidido por la otrora vicepresidenta Delcy Rodríguez, sin importar que su Gobierno sea o no democrático y sin la exigencia de que se lleven a cabo elecciones en un plazo perentorio.
A cambio de mantenerse en el poder el Gobierno de Rodríguez cede a EEUU el control de los ingresos provenientes de prácticamente su única fuente de divisas, el petróleo, asegurando que cualquier decisión que tome tiene que tener el visto bueno de Washington, además de abrir de par en par las puertas para que empresas petroleras estadounidenses puedan nuevamente invertir y explotar sus ingentes recursos hidrocarburíferos, excluyendo a empresas similares chinas y rusas. O sea, Venezuela se somete a una especie de vasallaje. Se llega a oír como Hugo Chávez se revuelca en su tumba.
¿Qué significa para Bolivia esta nueva realidad?
Más allá de la nueva tónica de la doctrina Donroe, los intereses específicos de EEUU respecto de Latinoamérica tienen que ver con migración, narcotráfico, acceso a recursos naturales estratégicos, hostilidad a regímenes de izquierda, especialmente los identificados con el socialismo del siglo XXI, y la exclusión de la región de China y otras potencias que considera hostiles.
Afortunadamente, Bolivia, con el Gobierno de Rodrigo Paz, se encuentra bien situado para aprovechar la aplicación de la doctrina Donroe. EEUU no tiene un problema de migración masiva de bolivianos a EEUU. Ambos gobiernos son hostiles al socialismo del siglo XXI y en particular al MAS y Evo Morales.
También comparten el interés de combatir el narcotráfico y el crimen organizado. El Gobierno de Paz es parte de una ola de gobiernos de derecha recién elegidos en la región, integrando el grupo de países patrocinados por EEUU en la lucha contra el narcotráfico en el así denominado Escudo de las Américas.
Sin embargo, no todo es color de rosa. El litio puede volverse un factor importante de fricción en la relación con EEUU.
El Gobierno de Trump no cree en la ciencia del cambio climático, por lo cual no tiene interés en tener acceso a ese mineral crítico para el cambio de la matriz energética y la expansión del uso de automóviles eléctricos. Sin embargo, los contratos de Bolivia con China y Rusia para explotar nuestras reservas de litio, si se los lleva adelante, harían peligrar la relación con EEUU.
La explotación del litio es de vital importancia para Bolivia. Su potencial como fuente de ingresos en dólares es muy grande, si es que no estamos muy atrasados, dados los avances de tecnologías que puedan reemplazar a las baterías de litio y dado que toma varios años en explotarlo en cantidades significativas.
Por tanto, es de vital importancia que el Gobierno logre, a la brevedad posible, acuerdos para explotar este recurso natural sin entrar en conflicto con EEUU.
El autor es economista
Columnas de CARLOS GUEVARA RODRÍGUEZ






















