Zamba para no morir

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Redacción Central
Publicado el 22/02/2014 a las 20h00


El frío trae reminiscencias de Herta Müller, de la Rumania de Herta Müller. Y si no el frío, el barro, el lodo quebradizo como espejos primitivos del desierto. Espero, me levanto, camino entre plataformas de madera que elevan con forklifts hasta alturas de diez metros. Detrás de esta madera clavada, trabajada hasta el cansancio, rota, golpeada, asoma humo de fogata que hacen los trabajadores, dentro de un turril, para calentarse.

Hacia el oeste pululan figuras diminutas de cascos amarillos. Hay un golpeteo incesante, de martillo sobre latón. Construyen plataformas de carretera, mientras un águila calva, ajena a tanta veleidad, deja que se levanten las plumas de su cabeza en el viento. Sin relojes, nadie podría decir que estamos vivos, que hombres y cosas se mueven. El cielo gris, los copos breves e intermitentes de nieve dominan el paisaje, el movimiento. Sin minutos, horas, el tren de carbón que pasa vociferando uh, uh, quedaría de estampa guardada en un cuaderno. Actividad incomprensible, febril, con qué rumbo, me pregunto.

He amado los barrios industriales desde siempre. En el Kilómetro Cero, de Cochabamba, bajo pretexto de orina, cruzaba el vano de las chicherías y me enfrentaba con el sol cayendo sobre durmientes de ferrocarril, encima de piedras talladas estilo Inglaterra que se usaron para edificar viviendas obreras. Amo la naturaleza, los árboles, los ríos cristalinos, pero más amo la tierra apisonada con aceite sucio, hierros dispersos, radiadores y llantas de bicicletas, burdos ladrillos derrumbados a golpe de combo, sillas desvencijadas, negras por las décadas de manos grasosas tocando sus cojines.

Hoy, Estados Unidos, en Aurora, Colorado, a diez minutos de manejar de casa, comienza el imperio de los talleres mecánicos, la casi desidia de abandonar las cosas por todo lado: un resto de carrocería cubierto de llantas viejas, grúas de pico de grulla recortadas en el vacío, goteando el invierno poco a poco. Brillo azul de soldadura, estrellas rojo amarillentas que el esmeril arroja y que se evaporan antes del suelo. Ropa almidonada, ya imposible de lavar, casi como estatua adosada al cuerpo.

 Un jeep se detiene en el lodoso camino, entre esqueletos de automóviles, cables, basureros de metal oxidado que nadie parece necesitar. Una mujer mexicana, con botas texanas y acento hondureño ofrece comida a siete dólares. Con pan o con tortilla, pregunta, y destapa ollas humeantes donde se revuelven albóndigas en salsa coágulo de sangre. Con arroz, por favor, y frijol negro machacado. La mesa alguna vez tuvo color madera; hoy es ébano opaco. Blancas sillas con lepra marrón aderezada. La servilleta semeja una nube en cielo nocturno. Cebolla y cilantro… en la radio el acordeón imita las ametralladoras del narco.

¿Vivirías aquí?, me digo. E imagino un cuartito con dos o tres muebles sin lujo. Despertar, hervir el agua y rebañar la miga por los restos de huevo no cocidos en extremo. Abres la puerta y escuchas los sonidos del trabajo, de motores que se esfuerzan por arrastrar pesadas cargas. Otro tren atraviesa el horizonte que dista cincuenta metros de tu puerta. Disponer de un banquillo recogido en el basural cercano, de metal oscuro y con úlceras de tiempo. Apoyar el grupo de libros que traes contigo en una repisa amoldada para la situación, y entre tornos desvencijados y perforadas garrafas de butano dedicarte a leer, contento, sabiendo que en este bosque de desechos nadie podrá buscarte, nadie querrá buscarte. Cuevas prehistóricas de la edad industrial, soslayadas de principio a fin por un universo que corre alocado en pos del consumo.

Anónimo, tú que siempre despreciaste la fanfarria de las reuniones intelectuales, en medio de la simpleza de ratones campestres de larga cola gris corriendo a ocultarse entre cardos secos por el invierno, y que retoñarán con ímpetu en la primavera, incluso a cuesta de las dificultades, del aserrín de aluminio que empuja el viento y que brilla con ilusión de diamante al caer el sol.

Enciendes las hornallas que se ponen carmesíes mientras que tú, desafiando la cronología y la muerte, cantas quedo canciones de tu madre, como si este lecho fuera aquel, y escuchas tornarse la llave que anuncia la vuelta de tu padre. Pequeñas cosas, individuos singulares, ninguna multitud. Entre los escombros de piedra, madera y metal no se asoman ni los fantasmas. A veces cruza por tu ventana el brillo maléfico del ojo de una rata, pero nada detiene el lento caminar de los escarabajos negros, sin pausa ni descanso, que pasan debajo de tu silla que carga con el camino de Swann.

Silencio. Hay tanto ruido que se produce sosiego. Tanto trabajo y hombro y sudor, y hervor de bolitas de carne en chile. Sigo la primera línea, la frase, la oración. Por magia se ha detenido todo, solo un insecto de coraza negro brillante avanza apenas. Mis pupilas lo siguen como rojos dragones de Kuala Lumpur. (10/02/14) 

 

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