Jorge Ruiz Calvimonte, el último documentalista
(…) Cada una de las cosas que pueden correr, ¿no tendrá ya que haber recorrido alguna vez esa calle? Cada una de las cosas que pueden ocurrir, ¿no tendrá que haber ocurrido, haber sido hecha, haber transcurrido ya alguna vez?
Y si todo ha existido ya: ¿qué piensas tú, enano, de este instante? ¿No tendrá también este portón que haber existido ya?
¿Y no están todas las cosas anudadas con fuerza, de modo que este instante arrastra tras sí todas las cosas venideras? ¿Por tanto, incluso a sí mismo?
Pues cada una de las cosas que pueden correr: ¡también por esa larga calle hacia delante tiene que volver a correr una vez más! (…)
Este fragmento, pertenece al libro “Así habló Zaratustra” de Friedrich Nietzsche: Eterno Retorno o “De la visión y el enigma”.
El tiempo es circular, dice Nietzsche, siempre vuelve a encontrar su punto de partida. Retorna transformado, idéntico o en progreso. Por eso también esa circularidad se asemeja a un mandato vital, una forma de entender la vivencia y supervivencia del hombre.
El mundo andino también tiene su esencia en el tiempo y en el espacio. El tiempo, como un juzgador que observa y espera que la partida por fin se vuelva a unir en cualquier otro tiempo al retorno. El espacio, para proclamar esos sucesos y consolidar el reencuentro.
El gran documentalista Jorge Ruiz lo retrató así en su obra maestra, ¡Vuelve Sebastiana! Una hermosa niña Chipaya, con lauraques y sonrisa inocente, que trae mensajes simples, pero profundamente trascendentales. A través de este cortometraje, Ruiz demanda y descubre una dualidad insoslayable: el tiempo histórico de Sebastiana y su comunidad, reflejado en el abandono, el hambre, la sequía y el aislamiento, y el espacio, como un enclave inmortal que identifica una cultura y su entorno inflexible. Describe los límites entre los chipayas, descendientes de los Chullpas, y los aymaras. Una posición taxativa que Sebastiana rompe, pero sin destruir sus tradiciones.
Esa ruptura limítrofe de Sebastiana Kespi es revolucionaria, mas no subversiva, es, ante todo, humana, sin rencores, inocente, poética y profundamente solidaria.
¡Vuelve Sebastiana! siempre será atemporal, no claudica ni muere, pervive en un concepto humano y filosófico que encierra el misterio del eterno retorno: ¡Volver, siempre! Para seguir testificando sobre su realidad y aún reclamar, en el presente: el abandono, el hambre, la sequía y el aislamiento que en su tiempo flagelaron a ella y a su comunidad. Vuelve para decir que nada cambió, que todo está como no debe estar: abandonado, hambriento, como “tierra reseca, como muerta”.
“¿Cuál es el límite del pasado? ¿Cuál es el límite del futuro?”, se pregunta el narrador (Luis Ramiro Beltrán) al inicio de la película.
¡Vuelve Sebastiana! es una lección de vida y de conjunción entre el bien y el mal. Pero también reta y demanda las paradojas y exabruptos de este Gobierno que se gasta millones en lujos innecesarios. Mientras las Sebastianas Kespis continúan postergadas y sin estímulos, esperando el tiempo eterno a su etnodesarrollo, a esa “capacidad social que propone el antropólogo mexicano Guillermo Bonfil, de un pueblo para construir su futuro, utilizando para ello las enseñanzas de su experiencia histórica y los recursos reales y potenciales de su cultura, de acuerdo a un proyecto que se adapte a sus propios valores y aspiraciones futuras”.
Pasado, presente y futuro, una trilogía que empodera al eterno retorno, como una calesita que gira, pero que, similar a Zaratustra que cuestiona al enano, sentencia el reencuentro como una ley de vida. ¡Vuelve Sebastiana! tiene su dicotomía: es un clamor, pero también es una buena nueva.
Ojalá retornes pronto, Sebastiana, y se cumplan las palabras del narrador al inicio del documental: “Ahora ya puedes ir lejos, allá donde dicen que los pastos son buenos, aquí, ya no hay más que tierra reseca, como muerta”.
Y que no sea para recibir sólo una condecoración, sino para disfrutar tu bienestar y la de tu comunidad.
Conocimiento, desconocimiento y reconocimiento. ¡Sí! Esa es la esencia suprema de ¡Vuelve Sebastiana!, su talismán, el elixir con el que todavía se alimenta. Una práctica que nunca debe olvidarse, el de volver una y otra vez.
¡Vuelve Sebastiana! se ha convertido en una filosofía de vida. Es el encuentro con la realidad, el descubrimiento de nuestra propia esencia, de lo que realmente somos y queremos ser. Es el espejo que refleja nuestro rostro. Más allá de lo que querríamos ver o no, es un primer intento de nombrarnos a nosotros mismos.
El desconocimiento, una fuerza involuntaria de querer romper el espejo brillante, una intolerable actitud de huir más allá de nuestro entorno, hacia lo opaco, donde todo se ve y se esconde. Es un rechazo.
El reconocimiento. Miramos atrás y vemos nuestra sombra, la de nuestro pasado, esa otra punta del círculo vital y regresamos tomados de ella, retornamos sobre nuestros pasos andados. Pisamos nuevamente la tierra y volvemos a vernos en el espejo, tan frágiles, tan cambiados, tan humanos.
¡Vuelve Sebastiana! dejó de ser de los bolivianos, es, ante todo, de la humanidad, porque trascendió más allá de lo esperado y su esencia nació de un tronco común, la redención como núcleo articulador e integrador.
Jorge Ruiz transitó los caminos del éxito y el trabajo sacrificado. Desprende de su raíz una vocación indeleble por contar historias, vidas, sucesos. Es, desde mi punto de vista, uno de los personajes clave para entender a cabalidad la historia real del cine boliviano. El primero y el último de los documentalistas.
El próximo 16 de marzo se celebrarán 93 años del nacimiento, en Sucre, de uno de los documentalistas bolivianos y latinoamericanos más influyentes. Desde mis gratos recuerdos que tengo junto a Jorge conservo en reposo esa frase sencilla e inquebrantable: “Yo he tenido la vocación desde mi juventud y la he mantenido a lo largo de tantos años. Nunca he tenido otro trabajo”.
El autor es comunicador social.
Columnas de RUDDY ORELLANA V.




















