La suficiencia de un “te quero”
Escribo esta columna cuando, se supone, la mayoría duerme o se predispone a hacerlo. Hoy, como todos los días de las últimas seis semanas, fue una jornada agotadora, realmente lo fue. Como foco intermitente, me acordé repetidas veces que debía escribir para Los Tiempos. El domingo se leerá esta columna, la leerá usted que la busca, usted que no, usted lo hará por accidente y también la leerá mi madre (quizá) y mi marido (seguro)… luego, mi hijo menor Fabio, la recortará y archivará en el mueble alto por encargo mío.
Hace seis semanas no veo televisión; agradezco no tener servicio de TV cable ni control ni ganas. Lo que aún no he superado es la costumbre de revisar la prensa para encontrar, desde siempre, creo, pura tragedia griega, china y aimara.
En el ranking de las mejores noticias se encuentra, desde mi propia medición, el video de Thalía, una producción musical inventada por un creativo músico que le sacó la vuelta a un detestable, vanidoso y meloso saludo de la cantante mexicana. Y sí, el video viral con 5 millones de visitas en pocas horas es preferible a enterrarse en el desastre peor que significa todo el resto: las declaraciones folklóricas de Gonzalo Hermosa; las ironías de un Evo que quiere castigar la mentira con una ley siendo que él es el principal mentiroso e incumplidor de leyes; las acusaciones que caen sobre una Alcaldía cruceña que se defiende con los mismos argumentos que utiliza el partido de gobierno; el éxodo venezolano como única salida de sobrevivencia a un régimen que el MAS admira y aplaude, y un ramillete de hechos más que evidencian que vivimos tiempos llorosos.
Bueno, en realidad de la política y los políticos no podemos esperar demasiadas cosas buenas… son una especie de desastre natural que amenaza permanentemente a los mortales cada vez más extraviados; lo que sí lastima por la “novedad” y fuerza es el discurso decadente que se ha instalado en ese abanico que va de lo popular a lo intelectualoide y del que las redes sociales han sabido apropiarse y que en realidad les pertenece porque si no está en las redes sociales ¿dónde más estaría?
Escudriñar en los hilos finos y grotescos de las redes sociales es sumergirse en un submundo de muerte caracterizado por un texto engañoso, disimulado, maquillado y, claro, apto al biotipo escaso de frente y abundante en pasiones exprés y erotismos de sexo y poder.
Me resulta simplemente asfixiante constatar que nos enfrentamos a un discurso que se esmera en convencerte que para vivir debes matar, que la dignidad de la mujer se reduce al “yo decido sobre mi cuerpo”, eslogan apropiado a una cultura machista, individualista, materialista, banal, solitaria pero que, por supuesto, no evita (porque para eso no está) que cada año mueran millones de mujeres por cáncer de útero y de seno.
Asfixiante abrir las páginas del mundo para mirar que los ricos aborteros clandestinos quieren pasar a ser millonarios legales y que para lograrlo me digan que tengo una extraña ética incapaz de diferenciar entre un “cuerpo con dueña” y un insignificante, ridículo e inerte cigoto.
Asfixiante leer en las imágenes de mi país esos abusivos contrastes entre el erotismo de la sobrevivencia y el del poder, ese que se disfraza de aburridos monolitos de día, y que por la noche se adorna con vulgares luces de colores como arañando un cielo en el que ya nadie está porque es irreal, es cursi, es religioso y que, por eso y todo eso, es malo.
Ante toda esta realidad, llego a mi refugio improvisado y transitorio, y me encuentro en esas mismas redes sociales con un “te quero”, que significa que no estoy sola, que mi cuerpo –que es lo de menos– no está olvidado, que mi alma tiene alimento seguro, que mi vida le interesa a otro ser más, que hay alguien lejos que me dice que está conmigo, cerquita, a mi lado, dentro de mí. Y entonces entiendo que el “te quero” no es el bálsamo de la felicidad, es el elixir de la vida; es lo que hizo posible disfrutar hoy de tres jovencitos, de sus vidas, de sus sueños y sus risas; ese “te quero” es encontrar explicación en por qué disfruto tanto los segundos naranjas de un atardecer, el paseo de la mano tomados de su mano, la reserva de un pasaje de avión con destino a Cochabamba en mi celular o el valor de una marraqueta con café junto de él.
La autora es comunicadora social y educadora
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