Policía del pensamiento
Releyendo 1984 de George Orwell me sorprendo al encontrar similitudes entre el comportamiento social actual y la fábula del célebre escritor. Y, ojo, no voy a hablar de Corea del Norte.
Quiero enfocarme en la tendencia “ovejuna” de parte de la población latinoamericana, pero que puede aplicarse a cualquier lugar del orbe. Esa afición a tragarse las mentiras armadas desde el abuso del poder, a la memoria corta de vista y la predisposición a deglutir, ávidamente, los sueños efímeros de la industria cultural y las promesas del interesado proselitismo político.
Como narra magistralmente Orwell, uno de los mecanismos más eficaces para controlar a los ciudadanos es la interpelación histórica. En primer término, nuestro pasado colectivo generalmente es desconocido para buena parte de la gente de a pie (y en auto) y apenas se tiene pálido atisbo de los últimos 10 años.
Siendo que la historia es el único espejo que suele presentarse con algo de nitidez, es alarmante que se encuentre cubierto por el manto oscuro de la repetición de medias “verdades”, consignas o dicotomías facilonas y que casi no exista cabida para la investigación seria. Cual botón de muestra de aquello, es ilustrativa la visión patriotera de la educación cívica y militar en relación a la Guerra del Pacífico en Bolivia, Chile y Perú, en todos los casos, llena de falsos antagonismos, culto a héroes imaginados, espurios nacionalismos y resentimientos estériles y xenófobos.
Y si el pasado aparece de esta forma tan vaga y empañada, la asimilación del presente es mucho más preocupante. Por ejemplo, las lecturas de ciertos procesos políticos actuales son demostrativas.
En un espectro, está la risible y limitada propensión de los “socialistas del siglo XXI” a santificar acríticamente a caudillos, repetir lemas vacíos de contenido y enfrascarse en la construcción de antagonismos que requieren de la invención permanente de falaces enemigos y de héroes consagrados, lo que los hace proclives a gobiernos (para variar) militaristas, chovinistas, ultracaudillistas y que adolecen de prácticas autoritarias.
Lo peor es que bastantes miopes de la “izquierda progre” son incapaces de una mínima autocrítica y prefieren continuar alimentándose de porfiados cuentos de hadas, simbolismos vacíos, cultos cuasi religiosos. ¿No es acaso caricaturesca la percepción de algunos intelectuales latinoamericanos o europeos respecto a los gobiernos del MAS en Bolivia?
Como caras de la misma moneda, los anacrónicos neofascistas nostálgicos de la Doctrina de Seguridad Nacional fantasean emulando a los discursos autoritarios de los 60 y 70 del siglo XX, con la certeza de que el “fantasma del comunismo” ha hincado sus garras en América Latina, glorificando, también acríticamente, el modelo de Milton Friedman y despotricando contra lo que imprecisamente llaman “dictaduras actuales”.
Sin embargo, enmudecen o aplauden cuando son los suyos los que, vueltos al poder, realizan similares praxis despóticas a las observadas en sus adversarios políticos: Persecución de disidentes, violación a derechos humanos, repartija de las instituciones del Estado como botín, gestiones públicas viciadas, corruptas y mediocres.
De tal manera, la bulla plástica del consumo alcanza el universo de lo histórico y político que, junto con lo cultural y mediático, va sofocando lo poco que queda del instinto, que se creyó tan humano, de cuestionar, pensar o indagar, de no conformarse con las respuestas de fácil digestión. ¿Así qué necesidad hay de una Policía del pensamiento?
La autora es socióloga
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA




















