El mundo necesita de Dios, bajémoslo del helicóptero
El pasado domingo el mundo católico recibió a Jesús con ramas en las puertas de las casas para conmemorar su entrada triunfal en Jerusalén, donde luego lo crucificaron. Días después vimos al Santísimo subirse en un helicóptero para bendecir Cochabamba. Pero resulta que horas antes unos vecinos hostigaron a una médica, semanas atrás otros vecinos no querían tener a repatriados cerca y así nos damos cuenta que Cochabamba, de alguna manera, se transformó en Jerusalén.
La Constitución Política del Estado da la etiqueta de laica a Bolivia, es decir que ninguna religión predomina sobre otra y todos tienen libertad de culto. Para los católicos esta semana es importante, porque es la pasión y muerte de Cristo, el misterio de la fe y la mayor muestra de amor y Él sólo dio un mandamiento “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado” (Jn 13, 34). Lo dijo en la Última Cena, antes de ser traicionado por uno de sus amigos.
Y ¿nos amamos los unos a los otros? Claro que sí. Amamos al cuate, a la novia, a algunos familiares (no siempre a todos), al que nos cae bien, pero ¿qué pasa con los que nos desagradan?: a esos lo crucificamos.
Resulta que mientras unos suben al Santísimo al helicóptero, otros discriminan a sus vecinos por temor. Unos abren sus ventanas esperando que la bendición vuele sobre ellos y otros cierran las puertas para no dejar entrar a alguien a su hogar o al país.
“No he venido a ser servido, sino a servir”, dijo Jesús (Mt 20, 28). Paremos el helicóptero y la sicosis, bajemos a Jesús de esa nube y llevémoslo donde le gusta estar, entre la gente. Y no lo digo en sentido literal, no es necesario llevar una cruz por las calles. Lo que este país y este mundo necesitan es empezar a ver a Jesús en el otro. Él está ahí.
Está en las manos de ese médico que con temor atiende a un nuevo paciente. En la templanza de policías y militares que están en las calles para que se cumpla la cuarentena. Entre esos funcionarios de banco que conducen las ayudas del Estado a las manos de muchos, en las cámaras y micrófonos de periodistas que intentan informar a la gente para evitar el temor que genera la desinformación. En los compatriotas ansiosos por volver a su país. Jesús está ahí, con aquellos que menos tienen y salen a vender lo que pueden para llevar algo de comer a sus casas.
Jesús no quería que lo pongan en lo más alto de un trono para recibir alabanzas, ni esperaba ser impuesto mediante leyes de políticos a quienes poco se les cree, luego de denuncias de corrupción. Su arma más fuerte, su ley más imponente era el amor. Y cuando lo acusaron de meterse en política dijo: “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Lc 20, 25).
De nada sirve rogar su bendición, si luego lo crucificamos con el hostigamiento a nuestro prójimo. Bolivia aún vive una gran brecha social que está latente desde octubre de 2019, pero existe desde mucho antes. No es necesario llevar al Santísimo en helicóptero, mejor pedir a Dios que nos dé sensibilidad para mirar al otro con sus ojos y amarlo con su corazón.
Esto lo escribe una católica, convencida de que Bolivia necesita a Dios, pero por decisión, no por imposición.
La autora es periodista
Columnas de LORENA AMURRIO MONTES

















