El mal chiste de la educación boliviana
La educación boliviana nunca fue un ejemplo para Latinoamérica o el mundo. Las numerosas deficiencias en los contenidos, la desigualdad en el acceso, la ausencia de tecnología y la politización de la currícula son parte de los numerosos problemas que se enfrentaron durante años. Pero este año se alcanzó el fondo del abismo.
No todos los niños de Bolivia tienen la misma oportunidad para acceder a la educación. Los que trabajan cuentan con algunos estímulos condicionados que los impulsan a no dejar la escuela, pero no es suficiente. El cansancio y el limitado tiempo disponible les imposibilitan hacer algunas tareas cumpliendo las exigencias necesarias.
Es otra realidad el hecho de que la educación en un colegio del Estado no es igual a la que se imparte en uno privado. No se trata de segregar, si no que ese aspecto es algo evidente y observable en un simple examen de ingreso a la universidad. Esto no debería ser así.
A todo lo anteriormente enunciado se suma que, en los últimos años, Evo Morales se preocupó falsamente de la educación. De qué sirvieron las computadoras para los estudiantes, si muchas aulas no tienen ni un enchufe. Hay escuelas sin agua potable, por lo que el acceso a Internet es un lujo.
Cientos de miles de estudiantes en Bolivia reclaman, porque no tienen un equipo para pasar sus clases virtuales. Pero, como si se tratase de un mal chiste, hay miles de computadoras marca Qua empaquetadas en almacenes de colegios, algunos directores ni tienen las claves para encenderlas.
Hay déficit de ítems para maestros, y escuelas en pésimas condiciones. Es una tragedia que nuestros escolares deban educarse en estas condiciones.
Y “educarse”, así, entre comillas, porque aún nos encontramos ante el paradigma social que no fomenta la lectura, porque las humanidades o el arte “son para tontos”. Aún recuerdo cuando dije que sería Comunicadora Social “eso es fácil”, me dijeron algunas personas.
Sin embargo, es una vergüenza constatar la pésima ortografía de los bachilleres y de muchos universitarios. Algunos, incluso, dicen con orgullo que no agarran un libro en todo el año.
Mucho menos se desarrolla el pensamiento crítico. Aún se piensa que la historia es para repetirla como loros con fechas y hechos específicos sin entenderlos en su trascendencia. Sería bueno si tan sólo los escolares pudieran comprender el contexto socio político y económico en torno a estos acontecimientos, pero no ocurre así.
Y no olvidemos los intentos de incrustar a la fuerza todo ese contenido indígenocentrista en los libros de texto y las mentes de los niños. Llegó 2020 y se encontró con un sistema educativo que nunca fue fortalecido, ni mejorado.
La pandemia del coronavirus chocó contra este sistema y lo derrumbó. No, por la falta de voluntad de miles de maestros o directores; sino porque las bases estructurales son deficientes.
Y para rematar el mal chiste, el Gobierno actual se aplazó de todas las formas posibles. No pudieron elaborar un plan para seguir la educación fuera de las aulas, no lograron contener los conflictos que se generaron y con mil excusas decidieron irse por la salida aparentemente más fácil: clausurar el año escolar.
El caos es mayor y los colegios ya no se toman la molestia de mirar al Estado para tomar decisiones. El Gobierno ya no tiene ninguna autoridad frente a padres, maestros o escolares.
Muchas veces pensé en la suerte que tengo de ya no estar en colegio, porque definitivamente no es la educación que quisiera recibir. Pero tengo amigos y familia en la escuela y el colegio y me genera mucho enojo que ellos no puedan acceder a una mejor calidad educativa.
Este año se tocó el fondo del abismo y es hora de comenzar a reestructurar todo el conjunto. Nuestra educación no puede seguir siendo un mal chiste para el mundo y definitivamente se tiene que respetar el derecho de nuestra niñez y adolescencia a una educación de calidad.
La autora es periodista
Columnas de LORENA AMURRIO MONTES



















