¿Por qué EEUU teme una reforma migratoria?
Era el 10 de abril de 2006, una fecha histórica para los inmigrantes, también, desde luego, para los estadounidenses que, atónitos, observaban por la televisión cómo ese inmenso espacio ubicado en el centro de Washington DC, próximo al emblemático obelisco, era ocupado lentamente por miles y miles de inmigrantes marchando en pos de una amplia reforma que los sacara de las sombras y mostrara sus verdaderos rostros.
Desde mi perspectiva, ese era el mejor momento para que republicanos y demócratas aunaran esfuerzos y ejecutaran una reforma comprensible y más o menos equitativa. El ambiente estaba caldeado y el tema sonaba hasta en la sopa de los estadounidenses.
Los inmigrantes habían demostrado en esa oportunidad que su peso social, económico y cultural se hacía sentir más que nunca. Aunque sin un liderazgo claro, ni retórica política sólida y unitaria, que los llevara a influir fuertemente en la decisión que luego se tomaría en el Congreso, el grueso de los estadounidenses se enteró de que los inmigrantes no solo eran los que llevaban el sombrero de Speedy Gonzáles, tomaban tequila, comían tacos y cantaban rancheras. También estaban en la bolsa y no solo eran mexicanos, sino sudamericanos, centroamericanos, inmigrantes asiáticos legales, negros y estadounidenses que reclamaban un alto al hostigamiento, a las redadas, a la desintegración de familias y a la exclusión constantes.
¿Pero de qué diablos valió todo eso si igual la estocada vino después de que las negociaciones fracasaran y las votaciones eclipsaran por completo el horizonte de millones de indocumentados?
Una vez más los inmigrantes habían servido de carne de cañón para ganar votos. La estrategia fue despotricar en contra de esos casi 12 millones de inmigrantes que ansiaban un seguro médico, una vida digna y sin temor a ser arrestados. El plan había dado resultado.
Desde hace mucho, los inmigrantes poseen los porcentajes más altos en compra de bienes muebles e inmuebles. Son los que gastan más en cuestión de alimentación, servicios y necesidades básicas y suntuosas. Existen, en varios condados y ciudades, muchos centros comerciales que solo tienen sentido y ganancias gracias a los bolsillos de la comunidad latinoamericana.
Inmigración y reforma, es un binomio tormentoso que republicanos y demócratas siempre se negaron aceptar como tema de agenda formal y urgente o, cuando menos, negociar un proyecto de ley que intentase dar solución a ese problema agudo.
Con Trump de capataz, la posibilidad de una reforma se esfumó por completo. Reforma migratoria es una palabra prohibida que tiene sus aristas más allá de un simple discurso excluyente. Es un problema que no debe ser tocado. Beneficia mucho más al gobierno de Estados Unidos, así como está, extremadamente problemático, que ponerse a dar solución a algo que podría ocasionarle una explosión política, económica y social.
En Estados Unidos, existen muchos mercados en crisis porque sencillamente no tienen trabajadores que puedan copar esos espacios: agroindustria, construcción, manufactura, gastronomía, limpieza, jardinería, etc.
¿Quién asume esas labores? ¿Los afroamericanos? ¿Los estadounidenses de clase media? ¿Los pobres? ¡Pamplinas! Los afroamericanos se declaran desocupados y muchos prefieren vivir a costillas del Gobierno, lo mismo pasa con la clase media, aunque ésta última prefiere puestos de trabajo muchos más interesantes y menos sacrificados, claro, con el salario justo y los beneficios que implica ser legal.
¿Temor a debatir una amplia reforma? Sí, mucho. Temor a que esos millones de nuevos individuos “legales” hagan de su futuro una fuente de poder, no solo económica que, medianamente ya la tienen, sino, sobre todo, a copar espacios de poder político y de decisión.
Existe un gran temor subyacente que late en los grupos de elite de extrema derecha, esos que piensan que legalizar a ocho o 12 millones sería una locura con consecuencias inimaginables. Trump es el primero en negar esa posibilidad, su política excluyente y racista es casi inamovible en un país en el que la diversidad racial es parte importante de un mecanismo que hace funcionar su sistema macroeconómico.
El problema ya dejó de ser hace mucho tiempo una agenda bilateral entre México y Estados Unidos. La presencia de centroamericanos, sudamericanos, asiáticos, etc. hace que la mirada política y social tenga que dirigirse con mucha más amplitud hacia esos sectores. Alan Greenspan decía: “A medida que creamos una economía más compleja y dinámica, la necesidad de traer recursos y trabajadores del exterior para mantenerla funcionando de la manera más efectiva posible, es una verdadera prioridad política”.
Con Joe Biden como presidente electo, el tema de una posible reforma migratoria toma un tris de luz y de esperanza. Ya no es solo un asunto interno, es, más que nada, un tema social y humano. El daño que Trump le hizo y le sigue haciendo a la comunidad es realmente deleznable e injusto. Ojalá Biden reencauce el camino democrático, legal y justo de la institucionalidad de Estados Unidos. Los estadounidenses necesitan reconciliarse con su entorno y con su historia, esa en la que Washington, Jefferson, Lincoln y otros, sentaron las bases perpetuas de la libertad, la diversidad y la democracia. Entre estas, sin duda, está el gran aporte histórico de la inmigración y que, gracias a ella, Estados Unidos también es lo que es.
El autor es comunicador social
Columnas de RUDDY ORELLANA V.



















