Todo grande
Entender el porqué es más complejo de lo que se cree. Uno se pregunta si es parte de la cultura, de la idiosincrasia, de las costumbres y tradiciones o de la carencia de algo. Sea cuál fuere el motivo, es transmitido de generación en generación. No es exclusividad de los políticos y de sus adláteres; va mucho más allá. Es una especie de contubernio entre electores y elegidos.
Ni bien nace la idea y se concibe como proyecto, lo descomunal y mamarracho ya forma parte del mismo. Tiene que ser grande y mejor si es caro; de otra forma no sirve, no compensa la ausencia de ese algo, no llena, no cuadra, no se asimila. A nadie le interesa si con eso se destruye el paisaje y el ornato público. ¡Se hace y listo, es así como fue decidido y punto!
Ejemplos de ese algo que preocupa sobran. La lista es larga e interminable y una centena de publicaciones no alcanzaría para nombrar todo. Por tanto, me aboco a mencionar sólo algunos. “De muestra basta un botón”, reza un viejo adagio popular. Por tanto, me voy al grano, con la esperanza de que los que lean estas líneas me ayuden a descifrar este misterio.
La bandera azul más larga del mundo creo que llegó a medir 200 kilómetros; ese pedazo de trapo inservible fue hilvanado para perder el Pacífico para siempre en un juicio con Chile, ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya.
Otra joya grande es el Cristo de la Concordia de Cochabamba. Al ser concebido, tenía que medir más que su homólogo de Río de Janeiro y fue así.
La Casa del Pueblo más grande, en La Paz, todos saben para qué la usaba su propietario. El teatro al aire libre en Cochabamba, del cual se dijo que iba a tener la mejor acústica del mundo, hoy se ha convertido en un mingitorio de feligreses que suben al cerro San Pedro, para sacarse una “selfie” con el Cristo que ahora tiene su árbol navideño de 40 metros y un millón y medio de luces. Su gestor dice que el arbolito es un ícono y símbolo de unidad.
Hay más. El proyecto múltiple Misicuni, que hasta ahora, y después de más de medio siglo, no sacia la sed de los llajtamasis. El museo del Evo cocalero, ese bloque estrafalario perdido en el altiplano orureño; se aseguró, con discursos rimbombantes, que el Museo del Louvre en París era poca cosa comparado con ese esperpento que exhibe las pilchas sucias del fugitivo.
Para terminar: Los bailes folklóricos más grandes, como la diablada y los caporales, en los que miles se ponen de acuerdo para mover el esqueleto con frenesí; sus patrocinadores alegan que con ello quieren mostrarle al mundo la grandeza de esas danzas y para advertir a los copiones que con ellos no se juega.
Tanta grandeza desplegada y el país sigue andando de la mano con Haití. ¡Qué tragedia! Quizás hace falta cambiar de mentalidad y abocarse a lo pequeño, ¿no les parece?
Columnas de RUBÉN CAMACHO GUZMÁN


















