El fraude educativo boliviano
Hace meses, intentando superar actitudes negativas o prejuicios, he querido encontrar en el actual sistema educativo boliviano algo que sea digno de admiración positiva, que permita decir: ¡Oh, parece que aquí hay algo interesante, algo que encandila! Busco, leo, interpelo y dejo la puerta abierta para encontrar ese algo que impacte como la marca positiva del sistema educativo regular actual, pero no lo encuentro. No quito valor a experiencias innovadoras y puntuales que, con mucho esfuerzo, se realizan en algunos espacios de la educación alternativa/privada, que no son el campo de mi reflexión.
Históricamente, las reformas educativas han tenido sus medidas de impacto. En 1955, el Código de la Educación Boliviana inició un largo proceso de democratización de la educación ampliando el nivel primario a todo el país, castellanizando, como proceso de homogenización cultural (no solo impuesta por el régimen, sino también demandada por los campesinos como mecanismo de integración social) y varias otras medidas que, con el tiempo, fueron cuestionadas, pero que, en su momento, fueron una respuesta positiva a la demanda social.
Del mismo modo, la reforma educativa de 1994 (ley 1565) con sus luces y sombras, introdujo un cambio en el paradigma educativo con la educación intercultural/bilingüe; sustituyó el conductismo por el constructivismo y el aprendizaje procesual; introdujo la reconfiguración del aula; modernizó la formación y actualización docente; inició la descentralización y la participación normada de los padres de familia; diseñó e implementó el “Plan Bolivia lee y escribe”; etc.
Al presente, a 17 años de régimen del MAS y 12 años de aplicación de la Ley Avelino Siñani-Elizardo Pérez, ¿se puede identificar una medida exitosa que sea el sello de la educación actual? ¿La concepción de educación socio comunitaria productiva puede ser ese sello? ¿Funciona en los centros educativos urbanos? Lamentablemente, por mucho esfuerzo que se haga, no se encuentra ese sello positivo y solo se ve la continuidad de una educación mediocre envuelta en un celofán de frases altisonantes que no hacen otra cosa que ocultar el fraude educativo del que son víctimas nuestros niños, jóvenes y, de forma general, el pueblo boliviano. Ese fraude se expresa en:
-La pésima calidad educativa. Mucho discurso y poca efectividad (eficacia + eficiencia). Sin mayor esfuerzo, se verifica el pobre logro de los perfiles de salida por año de escolaridad que establecen los planes y programas de la educación regular. No existen evaluaciones propias que den pauta de la calidad de los aprendizajes y la que se hizo el año 2017 con el Terce (Llece/Unesco) cuyo informe se conoció en 2020, arrojó resultados preocupantes en matemáticas, lenguaje y ciencias sociales, pero nada se sabe de los ajustes introducidos para superar esa situación.
-Una estructura curricular con unas asignaturas y contenidos (malla curricular) enciclopédicos que no se compadece de los tiempos escolares ni del interés de los estudiantes.
-La motivación por el aprendizaje ha quedado diluida en la formalidad de la asistencia escolar.
-La formación y actualización docente (en Escuelas Superiores de Formación o en Profocom) con muchas deficiencias y un fuerte sesgo ideológico antes que científico-pedagógico.
-La modalidad virtual convertida en una prolongación del aula tradicional por vía telefónica o de la computadora, con serias deficiencias de conectividad y de manejo técnico/pedagógico de contenidos innovadores.
-Los bonos Juancito Pinto, incentivo escolar y/o apoyo a bachilleres, que no resuelven las necesidades educativas y acostumbran perversamente a la gente a recibir “bonos” como obligación estatal.
-La participación de los padres, reducida a la formalidad y condicionada a determinados aspectos superficiales (refacciones, cuotas, actividades festivas, graduaciones, etc.)
Veamos de forma particular el tema de actualidad, la malla curricular:
En tanto mecanismo de los sectores que controlan el Estado, inyecta a los estudiantes la filosofía, cultura y visión de sociedad y se constituye en un campo de confrontación ideológica que tiene dos salidas. Una, la de adoctrinar temas o contenidos de forma mecánica y como verdades absolutas y otra, la de generar conocimiento, pensamiento crítico y analítico con base a la reflexión y la duda permanente. Lo que se cuestiona al currículo actual es que haya tomado parte por la primera opción, con contenidos tergiversados, haciendo de la educación el típico mecanismo de dominación ovejuna de la vieja educación bancaria y tradicional que las autoridades creen combatir y que los maestros, si no quieren encubrir ese fraude, tienen el reto de encauzar por los fueros de la verdad y la calidad.
Con todo lo anterior, la educación en Bolivia es un gigantesco fraude donde, alguien ya lo dijo, los maestros simulan enseñar, los estudiantes creen que algo aprenden y los padres de familia, convencidos que sus hijos aprenden, preparan la fiesta de graduación del nivel inicial o secundario.
No podemos seguir con esta farsa y con la apariencia de una educación de calidad, cuando, en realidad, está sucediendo un fraude educativo orientado a contar con generaciones mediocres, prescindibles, y anuentes de su sometimiento y manipulación. Es necesario generar las bases y condiciones para el diseño de una nueva política educativa de innovación y calidad, centrada en los intereses e inquietudes de los estudiantes y en el marco de los avances científicos y tecnológicos.
Será necesario definir dos estrategias para superar esta situación: una flexible para resolver los problemas urgentes, de corto plazo, con soluciones que preparen mejor a los estudiantes para enfrentar las exigencias del momento (lenguaje, matemáticas y sociales de buen nivel); y otra, más profunda y procesual, que siente las bases de una profunda reforma, con visión de futuro, para un mediano plazo.
De forma paralela, será necesario ajustar la formación y actualización docente; así como fomentar o generar condiciones para estimular la innovación técnica y pedagógica, supervisada y evaluada por el Estado, para contar con experiencias susceptibles de ser generalizadas en todo el sistema.
Son desafíos difíciles de concretar y requieren de mucha voluntad técnica y política para superar el fraude y la apariencia en el que nos encontramos en materia educativa. No perdamos las esperanzas.
El autor es parte de la plataforma U.N.O.
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