Debates y guerra sucia
Los bolivianos tuvimos la noche del 11 de marzo, en los nueve debates simultáneos realizados en cada capital de departamento, la oportunidad de ver y escuchar a los candidatos a dirigir cada una de las nueve gobernaciones, interactuando entre ellos y exponiendo, para los votantes, sus propuestas electorales.
Se trató de un ejercicio democrático que se ejecutó con éxito como resultado de la iniciativa y el esfuerzo del Tribunal Supremo Electoral (TSE) y de los Tribunales Electorales Departamentales (TED).
Conseguir que todos y cada uno de los que aspiran a ser elegidos gobernador se expongan al escrutinio y al cuestionamiento de sus rivales ante una audiencia de decenas de miles de electores es un logro notable.
Lo es porque los debates electorales no han sido precisamente una práctica frecuente debido a la conveniencia de evitar la discusión y el contraste de ideas como estrategia de campaña, privando así al elector de la posibilidad de observar a los candidatos en circunstancias favorables para conocer mejor sus propuestas y personalidades.
Los debates, con sus luces y sombras, son la manera más efectiva para conocer a los candidatos en una faceta que los enfrenta a sus oponentes políticos, a la crítica y al cuestionamiento hostil de sus argumentos.
Eso ayuda a develar las debilidades y fortalezas de cada candidato.
Pero no solo eso, pues también permite posicionar en el campo de atención del votante los temas trascendentales en la perspectiva de los cinco próximos años, y sus circunstancias previsibles.
Así, por ejemplo, en Cochabamba una de las preguntas más repetidas: ¿de dónde saldrán los recursos para ejecutar obras y proyectos?
De la misma manera que en este departamento, en los otros ocho el próximo gobernador dispondrá de recursos insuficientes para satisfacer muchas necesidades.
La posición de cada uno de los candidatos respecto de esa incuestionable limitación, y sus planteamientos de cómo superarla, pueden ser indicaciones válidas y valiosas para decidir por quien votar.
Al contrario, las increpaciones ajenas al espíritu del debate, pero convenientes para intentar ganar simpatías a costa del desprestigio del otro podrían ser un buen indicador de quién no merece la confianza de nuestro sufragio.
Ese recurso empobrece el intercambio de ideas y posiciones sobre temas de interés colectivo que son importantes y hasta trascendentales.
Es el perjuicio mayor de lo que se conoce como guerra sucia: priva al elector de elementos válidos para decidir en quién confiar. Ofusca la reflexión respecto de las propuestas, opacándola con el estímulo de las emociones provocadas por insinuaciones o denuncias burdamente oportunistas.
Es una lamentable estrategia de campaña que se despliega sin freno ni control por las redes sociales. Quizás los debates entre candidatos pueden también contribuir a mitigar sus efectos.


















