Cómo matar gobiernos
Al entrar a una tienda en Sucre, fui recibida por su anciana propietaria. Quien me lanzó una mirada y sin que hubiera una evidencia visual que guiase su pensamiento sobre mis convicciones políticas, empezó una larga y bien informada disertación sobre cómo la gestión del pasado gobierno de 13 años traicionó a la ciudadanía boliviana y cómo el actual gobierno, del mismo partido, no era más que un espejo de su predecesor. Ella estaba más que decepcionada. Y mientras expresaba su rabia sentí ecos de mi propia pérdida de patriotismo cuando, en 1967, blandiendo sus toletes los policías irrumpieron alevosamente en la century plaza de Los Ángeles, atacando a quienes protestábamos en contra de la guerra en Vietnam.
Estos días he notado la crecida de una similar falta de confianza en el gobierno en todos los países del mundo, sin importar el partido político o la ideología. Esta desconfianza parece tan desenfrenada como el Covid-19. Pero la sensación también permanece latente. En otras palabras: los que protestan generalmente atribuyen el problema a un particular gobierno o líder, proceder que les da la idea de que una solución vendrá si simplemente se elige por voto a otros representantes.
Ahora, en esta escalada mundial de desconfianza y desdén entra: Kirkpatrick Sale.
A la venerable edad de 83 este historiador estadounidense ha publicado un libro más, el quinceavo en una bibliografía que mezcla sus preferencias habituales con los campos de la sociología, teoría política, economía y antropología.
Como pueden esperarlo los lectores familiarizados con su obra, No More Mushrooms es un análisis radical de cómo y por qué el estado moderno nunca pudo lograr sus metas declaradas de seguridad y bienestar. O ninguna otra meta que haya valido la pena. Basado en su tendencia a hacer excavaciones sistemáticas en temas tales como la economía global de las corporaciones, el “progreso” tecnológico y la nación-Estado, no sorprende que él vea la mismísima entidad de gobierno -basada, como está, en la acumulación de poder requerida para manejar sociedades complejas y enormes- como algo ya difunto.
Gobierno... es algo que simplemente no funciona; nunca funcionó. En palabras de Sale: “Es demasiado evidente que los gobiernos están fracasando. Pero digo más: digo que los gobiernos siempre fracasaron” .
Los argumentos de Sale cubren no solo la sucesión de fracasos que hemos escuchado siempre contar a nuestros padres y abuelos, que hemos leído en la clase de historia o atestiguado en nuestras vidas. Su pensamiento logra abrirse camino hacia uno de los temas esenciales de su obra: la cuestión del tamaño. Como escribió el filósofo Leopold Kohr, “Donde sea que algo está mal, es porque es algo demasiado grande.” Kirkpatrick Sale es un espécimen contemporáneo de Kohr, tanto como del patriota estadounidense Thomas Jefferson y del crítico social Lewis Mumford; ha estado años explorando la sabiduría de una comunidad tête-a-tête a escala humana y temas tangenciales a este tema central, de los cuales su investigación sobre los caminos hacia un no-Estado es uno.
Primero, Sale nos lleva a una visión generalizada de por qué los gobiernos son, en esencia, entidades disfuncionales. Pues se basan en el precepto Hobbesiano que fomenta la existencia del todo, para el caso: el Estado, que en la mayoría de los países alberga a millones de personas. En tales cuerpos artificialmente construidos, los intereses del individuo, de la familia, de la tribu y de la comunidad son puestos de lado, mientras la cohesión del gobierno es valorada sin restricción, sin límite para la posible acción y, no es necesario decirlo, con una constante intención de imponer su autoridad. Por tanto, está bien diseñar leyes que tienen que ser obedecidas, someter al pueblo a su concepción del orden, recaudar impuestos, subvencionar fuerzas armadas, declarar la guerra, aplicar cada vez más complejas jerarquías para lograr estas metas y básicamente controlar toda actividad, deslegitimando toda rebelión o resistencia.
Según Sale, la verdadera razón de ser de un Gobierno, incluso si barnizada con adornos míticos como “democracia” y “libertad”, es la aplicación y expansión de esquemas para mantener los privilegios. Sale lo pone así: “El Gobierno es un sistema de organización humana que reduce la libertad individual, anula la familia y demacra la comunidad, invariablemente trabajando para agrandar su poder al precio de otras formas de organización. No importa qué clase de personas lo manejan, qué diferentes formas de independencia de poderes vayan a intentarse: sea cual sea el beneficio que se intenta obtener, no puede escapar a su naturaleza inherente”.
Estudiosos determinaron que en los últimos 10.000 años 400 dinastías/reinos/imperios/estados han sido llevados adelante. El autor cita un impresionante y aún no completo listado de tales regímenes que -a la Arnold Toynbee- existieron por 200-100 (o menos) años. Asiria, Egipto, Mongolia, Austria, Qing, Han, etc. La astuta, incluso cómica, conclusión de Sale es esta: “Parecen ser, vistos en la amplia perspectiva de la historia, arreglos temporales, insustanciales ajustes de poder, siempre cambiantes, creciendo y encogiéndose y creciendo de nuevo, con nada muy consecuente en sus estelas más que un soplido de viento entre templos y palacios abandonados”.
Si el activista anticorporaciones Richard Grossman estuviese vivo, seguramente añadiría que las mismísimas palabras escritas en la constitución de los Estados Unidos -a menudo copiadas por otras naciones- protegen el “derecho” de una estructura jerárquica de clases y asegura la continuación de las desigualdades para mantener esos privilegios. Ciertamente, Sale ofrece al lector una letanía de ejemplos de cómo en su paso los gobiernos han creado fiascos uno después de otro; pero su caso favorito es los Estados Unidos de América. Así nos muestra una multitud de ocasiones en las que el gobierno estadounidense ha fallado al proveer políticas efectivas, aplicables, sin importar el ala ideológica de la que provenga, e incluso al ser guiados por las mejores intenciones.
Lo arriba dicho se parece a una maratón de filmes de los tres chiflados. Se incluyen ahí las metidas de pata provocadas por bien intencionadas políticas como la Communitary Health Action de 1963, que terminó llenando las calles de Estados Unidos con gente sin hogar y la Energy Department de 1977 que fue iniciada para interpelar los peligros nucleares, justo cuando las plantas de poder estaban cerrando de todas formas, pero llegó al colmo al construir lavaplatos que requerían más agua que los modelos antiguos. En verdad Larry, Curly y Moe encontraron su camino a Washington por tales “logros.”
Sale avanza a citar una plétora de ejemplos antropológicos que triunfaron por siglos -incluso por milenios- sin centralización, más bien “sin una forma política, sin cuerpos permanentes, sin reglas estructuradas”. Antes de pensar en invadir, a través de esfuerzos imperialistas que buscan asimilar las poblaciones o asesinarlas, muchos asentamientos humanos carecieron de sistemas jerárquicos. En lugar de ello usaron tradiciones basadas en moral y sentido común. En casos de desacuerdo, tanto internos como externos, la sabiduría se ofrecía a través de personajes sagrados como los chamanes, cuya perspectiva honraba a todas las partes pero no era impuesta. En unos casos los miembros más débiles de la comunidad lanzaban flechas sin importar su eficacia. En otros se ponía en escena el conflicto representado usando “batallas” ceremoniales, como en el Tinkuy.
Ya sabes: nuestra herencia como seres humanos, que fue creada y vivió por más de un millón de años antes de intentar la grandiosidad imperial, es un legado, propone Sale, que puede estar incluso en nuestra memoria genética y alimentar así nuestra protesta incesante contra la injusticia, la iniquidad, el militarismo.
Quizás el ejemplo más esclarecedor es el de los Dinka. Vivieron en la sabana rodeada de pantanos en la cuenca del Nilo, en lo que es ahora el Sudán del Sur. Su población -en su apogeo unos 4 millones- estaba dividida en pequeñas comunidades autónomas, demostrando que, sin importar el número total, los grupos tête-a-tête pueden ser preservados, si se inventan formas fluidas para lograr bandos reducidos. “Absolutamente fundamental para una tribu sin Estado” escribe Sale, “es, tanto en términos demográficos como económicos, la escala humana.”
Para los Dinka es tal el salto de la cría de animales a la horticultura. Todo era local, autosuficiente, y totalmente liberado de las presiones que entran en juego con la incesante acumulación de posesiones y la participación en una economía de mercado siempre en expansión. Eran gobernados por la observancia de prácticas, pues estas eran percibidas como lo más armonioso para el individuo, la familia, el pueblo y la tribu. No existía una necesidad para legislar o vigilar una costumbre: esta tenía un significado cotidiano. Como Sale explica, “las peleas que podían surgir podían ser manejadas a través de una maquinaria local implementada como una operación temporal por esa ocasión única, y luego ser desmantelada. La guerra era algo tan extraño que mantener un ejército habría sido un desperdicio atroz. De este modo, a los ojos de los Dinka, un Estado sería superficial: con un sistema tan ordenado como el suyo, ¿qué uso podría tenerse para los hacedores de leyes, los reyes, los sheriffs y los soldados?”
Todo esto fue destruido cuando se declaró la guerra contra Sudan en 1980. Dos guerras civiles le siguieron. Por lo menos 300.000 personas fueron asesinadas, muchas en masacres brutales; millones fueron forzados a la relocalización. Y la hambruna arrasó la región, causando, se cree, un millón de muertes. Lo que quedó de la tribu Dinka fue empujado hacia un estado centralizado, urbano, capitalista.
Afortunadamente, Sale presenta al lector ejemplos de culturas indígenas que aún funcionan, así como esfuerzos recientes -desde los Amish a los Romani- de aplicar valores de escala humana y descentralización. Debo añadir a ellos los más de 400 esfuerzos de secesión en todo el mundo -de Cataluña y Escocia a los Berbers de Algeria y los indígenas norteamericanos- con 60 de estas causas actualmente activas.
“No More Mushrooms” es la forma contundente en la que Kirkpatrick Sale percibe “Posibilidad”. El libro de bolsillo de 100 páginas es coherente, apasionado, persuasivo, y tiene el potencial de introducir a sus lectores a un conglomerado de horizontes no pensados para la dirección del pensamiento y acción radicales.
Como escribió el compositor John Cage: “No puedo entender por qué la gente tiene miedo de las nuevas ideas. Yo tengo miedo de las ideas viejas.”























