De lápices y nubes
Recuerdo que hace muchos años atrás observé una imagen, un cuadro que se titulaba “Suicidas”, la pintura en cuestión, representaba unas nubes etéreas atravesadas por lápices en un cielo diáfano y estático. Luego, hace cinco años, en las noticias se informaba sobre las muertes de Robin Williams o Philip Seymour Hoffman, ambos entrañables actores, parte vital del acervo de historias inolvidables que nos brinda el cine. Williams escribió: “No puedo más, es hora de marcharse” y Hoffman se fue en el silencio de una sobredosis en un escenográfica West Village en Nueva York.
Mucho antes, las frías aguas del río Ouse sepultaron a la escritora, con piedras en los bolsillos de su abrigo, Virginia Woolf, considerada una de las más visibles figuras del modernismo literario del siglo XX. Cesare Pavese, el gran poeta italiano, se suicidó en una habitación de un hotel de Turín con una sobredosis de barbitúricos. También Sylvia Plath, forma parte del denominado “club de los poetas suicidas”, ella falleció dejando abierta la salida de gas en su cocina.
Cuando Emile Durkheim publica El suicidio, el primer libro de análisis sociológico sobre el fenómeno, una de las hipótesis deja entrever que la muerte autoinflingida es el síntoma de una sociedad enferma y afirma: “Toda ruptura de equilibrio lleva al suicidio”. En este sentido, distintas desregulaciones sociales ocasionarían distintos tipos de suicidio. Resultado de haber perdido la razón de vivir porque los lazos sociales no son lo suficientemente fuertes o cuando la dinámica social se desorganiza, los suicidios son producto de diversas causas que suelen combinarse.
La Organización Panamericana de Salud informa que en América, el país con la mayor tasa de suicidios es Guyana, con 29 por cada 100 mil habitantes, tras éste, se encuentran Bolivia y Uruguay. En la región, solo estos tres países sobrepasan la media europea de suicidios. De acuerdo a la OMS, Bolivia es el tercer país del mundo con el índice de suicidio más alto entre habitantes entre los 5 a 19 años. Para 2015, tuvimos el segundo lugar con mayor tasa de suicidios de mujeres en América Latina, luego de Guyana. Ante estos datos, Catherine Le Galès-Camus, subdirectora general de la OMS para Enfermedades No Transmisibles y Salud Mental afirma que “El suicidio es un trágico problema de salud pública en todo el mundo. Se producen más muertes por suicidio que por la suma de homicidios y guerras”.
Denominado con una pandemia silente en los jóvenes, los datos en Bolivia evidencian que son aquellos denominados como “el futuro del país” los que están decidiendo finalizar con sus vidas. Por tanto, los jóvenes deben ser vistos con menos sospecha y más seriedad. Se vienen tiempos eleccionarios y de seguro los candidatos sacarán su previsible fotografía propagandística con adolescentes. De seguro la retórica electoral hablará de ellos y harán promesas seductoras e imposibles. Pues bien, además de las actuales instancias pertinentes, debemos enfocar todos los esfuerzos a la prevención sistémica, urge de una vez por todas, sanar nuestras sociedades enfermas, porque no queremos más lápices viajando prematuramente a las nubes.
La autora es escritora
Columnas de CECILIA ROMERO


















