Los Tiempos, ocho décadas de tinta, memoria y futuro
A veces pienso que las paredes de la calle Santiváñez, donde durante muchos años funcionó Los Tiempos, todavía están hechas de tipografías compactas y que, si uno apoya el oído con suficiente paciencia, puede escuchar el eco amortiguado de los linotipos devorándose el plomo.
Este 16 de septiembre Los Tiempos cumplió 83 años. Se dice fácil, pero son más de ocho décadas de mañanas frías, tinta fresca, noches interminables y una ciudad que aprendió a reconocerse en sus páginas.
Mirar el recorrido de Los Tiempos es mirar al espejo y descubrir que buena parte de la historia de Cochabamba quedó impresa en el mismo papel que cobijó sus alegrías, crisis, tragedias y batallas.
El comienzo
El diario nació de la tozudez y el coraje. Su primera edición debía salir el 14 de septiembre de 1943, como homenaje a la efeméride de la Llajta, pero fallas técnicas en las prensas retrasaron el nacimiento dos días.
El bautizo ocurrió finalmente el 16 de septiembre, bajo la mirada de don Demetrio Canelas, en una Bolivia que todavía restañaba las heridas de la Guerra del Chaco.
Demetrio no entendía el periodismo como un simple negocio. Lo concebía como una responsabilidad pública, una trinchera moral y un servicio a la sociedad.
Después vendría Carlos Canelas, hermano de Demetrio, con una mezcla de visión empresarial y convicción periodística que permitió convertir el proyecto en empresa y llevarlo hacia otra época. Posteriormente surgirían Alfonso, Fernando, Gonzalo y Eduardo Canelas.
Cambiaron los tiempos y las circunstancias, pero permaneció una idea: construir una institución capaz de sobrevivir a gobiernos, crisis económicas y transformaciones tecnológicas sin perder sus principios.
Cambiar de máquinas
Entre quienes entendieron esa transformación estuvieron Gonzalo y Eduardo Canelas, Lalo o Lalito, como se lo llamaba en los pasillos. Conocía el periódico desde abajo: el taller, la publicidad, el armado, las planchas y la rotativa. Sabía que detrás de cada página existía una cadena de trabajo.
Lalo tenía una obsesión sencilla: Los Tiempos debía estar temprano en las calles. También comprendió que la tecnología no era enemiga del periodismo, sino una herramienta para hacerlo mejor.
En 1987 llegaron los sistemas Atex, que sustituyeron las antiguas máquinas de escribir. Después aparecieron las Mac y las PC. La Macintosh transformó la diagramación y el diseño.
Y después llegó Internet. En 1996 Los Tiempos puso su página en la red y se convirtió en uno de los primeros periódicos bolivianos en dar ese salto. La ciudad comenzaba a tener otra geografía: la de las pantallas. Incluso hubo un momento en que el diario acercó Internet a los cochabambinos mediante uno de los primeros cafés Internet de la ciudad.
Así fue el tránsito: linotipia, offset, computadora, Mac, Internet, página web, redes sociales y nuevas formas de comunicación digital. Cambiaron las herramientas. La brújula, sin embargo, debía permanecer.
La escuela
Mientras la tecnología transformaba la producción, en las redacciones ocurría algo menos visible: se formaba gente.
Los Tiempos fue semillero del periodismo cochabambino. Por sus redacciones pasaron Ramón Rocha Monroy, (Ojo de Vidrio); Alfredo Medrano, (Urbano Campos); Ramiro Julio Crespo, Jorge Suárez, Jaime D Mare, Rafael Peresdo, José Nogales Nogales, (Chechi); Wilson García Mérida; Waldo Peña, (VeDoble); José Gandarillas, Óscar Galdo y tantos otros.
Una buena redacción no es un coro de voces idénticas: es una mesa donde se discute, se corrige, se propone y se aprende.
Y la historia tampoco está solamente en quienes firmaban las notas. Está en periodistas, fotógrafos, diseñadores, vendedores, administradores, publicistas y trabajadores de talleres. Pienso en Gonzalo Aguilar, Jorge Calani, Gastón Gamboa, Rolando Delgadillo y en tantos hombres y mujeres que pocas veces aparecen en la fotografía institucional, pero sin los cuales ninguna primera plana habría llegado a la calle.
El lector suele ver al periodista. No ve a quienes están detrás. Pero un diario es una cadena.
La ciudad
Los Tiempos creció junto con Cochabamba. Acompañó sus transformaciones, contradicciones, crisis, fiestas, tragedias, debates y sueños.
Estuvo cerca de empresas, instituciones, trabajadores, artistas, escritores, universidades, organizaciones sociales y ciudadanos que fueron construyendo la ciudad. Un periódico regional no puede ser solamente testigo. También termina siendo parte de la historia.
Por eso la cultura ocupó un lugar fundamental. Los Tiempos se convirtió en espacio para la literatura, el pensamiento, la crítica y la memoria.
Las noticias pasan. La memoria permanece.
Los principios
Una institución de 83 años también tiene que aceptar su historia con sus contradicciones, errores, silencios y momentos difíciles. No tendría sentido construir una imagen perfecta.
Pero sí puede reconocerse una aspiración permanente: la defensa de la libertad, la veracidad, la independencia y el pluralismo.
Un periódico puede cambiar de edificio, de máquinas y de plataforma. Lo esencial está en conservar el derecho a preguntar, investigar, contrastar, publicar e incomodar.
El futuro
Ahora Los Tiempos atraviesa otra etapa. Desde noviembre de 2023 está bajo una nueva administración liderada por el ingeniero Eduardo Valdivia. Los nuevos propietarios asumieron el desafío de conducir una institución que ya no pertenece solamente a quienes la dirigen, sino también a la memoria de una ciudad que la hizo suya.
El desafío no es solamente modernizar. Es avanzar sin olvidar de dónde se viene.
Los nuevos tiempos exigen nuevas ideas, tecnologías, modelos de negocio y formas de llegar a los lectores. Pero una institución de 83 años no empieza de cero. Carga una historia. Y hay algo que no puede digitalizarse: su identidad.
Por eso Los Tiempos cumplió 83 años, pero no tiene solamente 83 años. Tiene los años de quienes lo hicieron. Tiene los años de Cochabamba.
Quizá ese sea el verdadero sentido de este aniversario: mirar hacia atrás, reconocer la historia y, al mismo tiempo, mirar hacia adelante sin renunciar al futuro.
Mañana, cuando una nueva edición vuelva a salir a la calle, alguien quizá la compre en un puesto; otro la leerá en un teléfono; alguien más abrirá sus páginas desde otro continente. Pero detrás de esa edición estarán todavía aquellos linotipos de 1943.
Y estará aquella idea con la que nació todo esto: que un periódico puede ser libre, defender la verdad, resistir y cambiar de máquinas sin cambiar de principios.
Después de 83 años, Los Tiempos todavía puede decir: aquí estamos, todavía. Y por mucho tiempo más.




























