Violencias inter-ciudadanas y dinámicas sociopolíticas actuales
Hace unos años, siendo presidenta de su curso, mi hija exclamó: “como entiendo al presidente ¡yo también quisiera ser presidente de mi curso toda la vida!”; traigo a colación este recuerdo en el marco de un sinfín de declaraciones de presidente y oficialistas quienes descalifican por un lado a los que votaron en contra de la re-elección el 21 F (son de derecha, ligados al imperio, o, en el mejor de los casos, fueron engañados a través del uso de medios de comunicación vendidos al capitalismo) o los que ahora defienden su voto (son separatistas). Entiendo la posición mantenida: todos los que probaron el poder –y ello en todas las esferas y niveles de gestión– saben que el mismo es atrayente mucho más en una sociedad como la nuestra donde prepondera una mentalidad de subordinación (sin crítica) ante la autoridad. ¡Obviamente que gusta ejercer cargos de autoridad –y si es de por vida mejor! De ahí que no extrañan los argumentos ni posturas de los gobernantes.
Lo que sí es más complejo entender (y más interesante también) es la actitud de muchos ciudadanos de a pie, que acatan posturas oficialistas con discursos que van desde la apelación a derechos humanos (la permanencia ilimitable de un gobernante había sido un derecho humano), el nacionalismo (defender el voto ciudadano es antinacionalista), o el antiimperialismo y la lucha contra la globalización y la violencia neoliberal (sin preguntarse, ni importa, sobre el índole de las políticas del gobierno que resguardan, sobre todo en lo que se refiere a la gestión extractivista de recursos naturales). Se trata de una defensa acérrima sin atisbos de cuestionamientos o dudas. La pregunta que surge entonces es: ¿A qué se debe esta tendencia? ¿Muestra, simplemente, el nivel de simpatía que despiertan los actuales gobernantes?
Una mirada a la prácticas inter-ciudadanas nos da luces para comprender la tendencia. Ésta permite ver la faceta perversa del ejercicio ciudadano en el país, en el que los que son vistos como los “otros” (los que tienen ideas diferentes o se ubican al margen de las fronteras marcadas en nuestro mapeo imaginario de nación), sus posturas o, incluso, sus cuerpos (basta ver el alarmante incremento de intentos de linchamiento en los últimos años) son desechables, y por lo tanto no tienen valor ante las propias “verdades”. ¿Qué impide, entonces, que desde las mismas acciones ciudadanas, se busque imponer, a la fuerza, los intereses de unos sobre otros? Mucho más si éstos son avalados por una excusa de colectividad –que parece ser un argumento que sirve como mecanismo para obtener beneficios de algunos dirigentes, más que como una apuesta por construir una sociedad con mayor justicia y equidad. No se necesita explicar las lógicas de los gobernantes; para comprender los vaivenes democráticos de hoy sirve dirigir la mirada hacia las dinámicas sociopolíticas ciudadanas, mucho más en un contexto donde la economía subterránea (narcotráfico y contrabando) está permeando las vidas cotidianas, incrementando la modalidad de interacción violenta.
La autora es socióloga, responsable del Área de Desarrollo del CESU-UMSS
Columnas de ALEJANDRA RAMÍREZ S.




















