De dirigente cocalero a caudillo extraviado
¿Cuándo y dónde se extravió el humilde dirigente cocalero; ese que al ser elegido recientemente, cautivó con su chompa (suéter) multicolor la atención del mundo entero; aquel del que todos los que no le conocían, creían que era el primer presidente indígena de Bolivia?
Posiblemente esa imágen que vendió en ese momento, ¿era el segundo síntoma para su extravío? Lo digo porque un indígena tiene valores y respeto hacia sus semejantes. Un indígena respeta la alternancia y sabe de democracia. Un indígena se siente honrado y agradecido al momento de asumir y concluir responsabilidades en su comunidad o en su ayllu.
Su humildad como dirigente y su lucha aguerrida en el parlamento fueron elementos que le permitieron diferenciarse del resto; hasta llegar a ser candidato a la presidencia. Así es como el pueblo en aquellos años, con su voto mayoritario, le encomendÓ la delicada tarea de convertirse en el artífice de un proceso de cambio en Bolivia. Un cambio que era necesario e irremediable, porque ese pueblo estaba cansado de la política criolla.
Las ONGs jugaron un papel muy importante en la vida del entonces dirigente cocalero. Se centraron en él, lo tallaron a medida y lo encumbraron. Se necesitaba un lÍder; seguramente había muchos otros, pero confiaron en él. Le dieron la oportunidad de elegir a su acompañante de fórmula, y en muy poco tiempo se supo el nombre; se trataba de un personaje gris en la historia de Bolivia; alguien que respondía al nombre de Álvaro García Linera. Aquí radica el primer síntoma para su extravío.
Su primer mandato pasará a la historia como uno de los mejores, pero medidos en el tiempo se han convertido en algo fugaz. Hoy por hoy, ningún mortal que le eligió con su voto es capaz de recordarlo. Lo que se vino después de esos lustros, se ha convertido en la antítesis del proceso de cambio, ese cambio por el cual había sido elegido. Ese artífice de la esperanza empezó a convertirse en un ser ávido de poder y autoritario. Es durante ese su mandato cuando se extravió por completo.
Su tercer período presidencial lo inició con una coronación sui-géneris en Tiahuanaco. Así extraviado y engolosinado de poder como ya estaba, sus acólitos y demás yatiris, le entronizaron como si de un rey se tratara. Allí empezó su calvario, en ese lugar la soledad se convirtió en su más cercana compañera; mientras a solo unos metros de su personalidad extraviada, sus adláteres festejaban su hazaña al son de música melancólica de los andes y alcohol. Habían logrado su cometido, el de haberle convertido en caudillo, en semidios, en mandamás, en inhumano.
De ahí para adelante, todos sabemos en los que quedó convertido. Sacó a relucir su carencia de principios, se cree insustituible, un enviado de los dioses, un paladín, un mujeriego, un todo. Es amante del lujo, de la codicia, de la lujuria, y su ambición de perpetuarse en su palacio, ha rebasado todo límite imaginable. Es soberbio, abusivo, mitómano, alguien indigno de confiar, falto de palabra y de asumir responsabilidades. Su discurso es contradictorio, vive saboreando las mieles del capitalismo, pero alega estar en las antípodas del mismo.
Su extravío es irremediable y su vida está llena de contradicciones. Por un lado se comporta como un déspota autoritario, y por el otro acude al victimismo, cuando se siente cuestionado. Tiene complejos serios de identidad; se siente ofendido cuando sus conciudadanos le llaman indio; pero se siente orgulloso de ser indio, cuando ese adjetivo viene del gorila de Maduro o de los difuntos Chávez y Castro.
En síntesis es un janiwa que no entiende nada y nadie le entiende. Está encaprichado con el poder y por permanecer en el mismo, está recurriendo a lo indecible y a lo imposible, aunque eso signifique masacrar a su propio pueblo; ese pueblo que un día le eligió para ser su representante. Se moja la boca hablando de democracia e incita a sus compinches a defenderla, ¿pero qué entiende él de democracia?. El es enemigo de la democracia, la ha violado sistemáticamente. El golpe de gracia lo ha asestado el pasado 20 de octubre, con un fraude electoral sin precedentes.
El caudillo está solo y desnudo, viendo cómo sus cortesanos empiezan a morderse la cola entre ellos. Es el inicio de su autodestrucción, sabe que ni el fraude perpetrado le salvará de ello. Es que la política es así, un día te tiene en la lumbrera, y al otro en el estercolero. Se siente angustiado y presionado por sus secuaces. Sabe muy bien que las ratas que le rodean le darán la espalda y huirán en cualquier momento. Le aterra saber que todo es un espejismo, un castillo de arena que se hará añicos. Sueña con la espada de Damocles que pende sobre su cabeza, y cada mañana se despierta exaltado y sudando, rodeado de su única compañera, la soledad a la que le han condenado.
El autor es instructor de adultos
Columnas de RUBÉN CAMACHO GUZMÁN



















