Modelos de integración nacional
Países como Bolivia tienen dificultades estructurales para lograr niveles aceptables de integración nacional. Varias son las causas que explican esto. Una de ellas es que la integración nacional ha estado indisolublemente asociada al desarrollo de la economía capitalista que, en su despliegue, busca articular a una gran parte de la sociedad generando riqueza y redistribuyéndola a través del trabajo asalariado.
Por eso, a mayor desarrollo del capitalismo, mayor desarrollo de la integración nacional, aunque al mismo tiempo se produzcan nuevas formas de monopolización de los excedentes, supuestamente para que la economía se siga reproduciendo. Para asegurar su reproducción, el capitalismo requiere de consumidores, por eso, ni el capitalismo ni la integración social pueden desarrollarse en sociedades jerárquicas. Todo lo contrario, les es imprescindible la democratización de la sociedad, en la política y en la economía. Todos estos son, claramente, fenómenos urbanos.
Ante la carencia de fuerzas productivas que deriven en procesos de integración nacional, algunas sociedades interponen la acción de la política. Un caso paradigmático es el que produjo la unificación de pueblos eslovenos, bajo el nombre de Yugoeslavia. Después de la segunda guerra mundial, esta Estado nación tomó cuerpo con la figura carismática de Joseph Tito, que gobernó esta federación casi 40 años.
A su muerte, Yugoeslavia desapareció del mapa europeo, con casi 200 mil muertos que dejó la guerra interna, étnica y religiosa. En el umbral del conflicto, sólo el 7% de la población se consideraba yugoeslava. Según Erick Hobsbawm, ese conflicto fue expresión de los fenómenos del multiculturalismo y la acción de los intelectuales, especialmente historiadores, que “proveen la materia prima” para darle sentido a la nación… o al etnonacionalismo.
En gran parte, la constitución nacional en Sudamérica es resultado de ello, habiendo dado lugar, después de la independencia, a un aislamiento que se prolongó durante varias décadas respecto a la economía capitalista. Sin embargo, por su ubicación geográfica, más proclive a estas conexiones, Argentina, Chile y Brasil lograron remontar este hecho, logrando importantes niveles de industrialización en el siglo XX.
No fue el caso boliviano, agravado por su mediterraneidad. Por eso, en la división internacional del trabajo, nuestro país se convirtió en el último eslabón capitalista de América del Sur, y su función en ese contexto ha sido el de proveer de materias primas al desarrollo industrial en el mundo. Cuando se produjo la crisis de la sociedad industrial entre los años 70 y 80, esta función también quedó en entredicho.
De manera previa, la revolución de 1952 se había constituido en el soporte político de la integración nacional, con algunas bases sustanciales. La más importante fue la incorporación del mundo campesino indígena a la economía, a través de la pequeña propiedad agraria, y a la política, a través del voto universal. Sin embargo, el país desarrolló una infraestructura precaria para su industrialización. Por eso, el modelo de integración del Estado de 1952 solo pudo sostenerse gracias a la dinámica mercantil del campesinado, esa mayoría cuantitativa que es determinante como fuente de integración nacional.
El deterioro de la pequeña propiedad agraria está poniendo en entredicho ese modelo de integración. Actualmente, Bolivia es una sociedad predominantemente urbana, pero sin que la mayoría tenga posibilidades de integrarse, es decir, ejercer sus derechos ciudadanos, salvo los que conciernen a la acción política. Con el MAS estos se extendieron al derecho a ser elegidos, involucrando sobre todo a su liderazgo sindical y corporativo.
La deuda del país sigue siendo, entonces, lograr que la integración se desplace hacia esas mayorías cuantitativas que, a pesar de todo, desde su propia acción, atraviesan cotidianamente las fronteras de la sociedad estamental, en aras de su igualdad. El país debiera hacerse eco de la enorme energía laboral que está detrás de ello. Por más incipiente que sea, eso es fuerza productiva.
La autora es socióloga y docente en la UMSA
Columnas de CECILIA SALAZAR DE LA TORRE





















