De Orinoca y Tiahuanacu
La designación de nuevas autoridades del Ejecutivo para el sector Turismo da muchas esperanzas, sobre todo porque durante casi todo el tiempo en que gobernó el MAS, se hicieron muy mal las cosas, para el turismo, y para la cultura.
Recientemente, y como corolario del fin de una época, ha saltado a la palestra la pregunta de qué hacer con ese elefante blanco que es el museo de Evo Morales en Orinoca.
Vilma Alanoca, que fue ministra de Culturas de Morales, (y que nadie del Gobierno de ese entonces pudo explicar cuáles eran las credenciales que la señora tenía para ejercer esas altas funciones) ha salido en defensa del museo de marras, diciendo que un museo siempre es un bien cultural que se debe defender.
Hay que recordar que cuando se inauguró dicho espacio, ella, mostrando una ignorancia solo equiparable a la de su jefe, dijo que el de Orinoca era el museo más grande de Latinoamérica.
Hay museos y museos, y estructuras que se hacen pasar por museos, lo de Evo Morales es un ejemplo de hasta qué aberrante situación se puede llegar a partir del llunquerío y del culto a la personalidad. Y es en ese sentido, además, una ofensa al concepto democrático de una sociedad.
El problema con ese edificio se agudiza por la historia personal del hombre a quien está dedicada esa especie de templo, esa fortaleza de la soledad a la Superman, parafraseando a Umberto Eco.
Evo no es un pedófilo, ni un pederasta, como lo llaman muchos de sus detractores, pero es una persona sobre las que recaen, acusaciones serias de estupro, es una persona que al haber tenido comercio sexual con jóvenes mujeres menores de edad, legalmente habría cometido un delito y lo habría hecho abusando de su poder y de su condición de presidente. No, no se puede tener un espacio dedicado a resaltar ni su personalidad, ni su paso por el poder.
Se podría, alguien diría, cambiar la tónica de ese museo, hacer algo diferente, pero no, la ubicación es poco adecuada: estálejos de todo. Visité ese lugar cuando Morales era todavía presidente, me guiaron alumbrando las salas con las linternas de los celulares, no había luz, porque el generador no tenía combustible, el descuido era comprensible, casi nadie iba al lugar, yo y mi acompañante habíamos sido los únicos visitantes en semanas.
En ese entonces funcionaba una especia de agencia de viajes del Estado, y esta tampoco lograba tener clientes para organizar un grupo que fuera a Orinoca. Hay lugares que no tienen vocación turística, aunque estén a un paso del salar de Uyuni.
Lo de Orinoca no tiene solución, esos edificios no sirven para nada, ni para museo, ni para hospital, ni para escuela, ni para cárcel. El lugar debe ser desmantelado, tal vez tendría sentido rematar las cosas que algunos comprarán como reliquias, y luego se debe dejar que el tiempo haga su trabajo. Ese ha sido un despilfarro de magnitud.
Y hay algo más, el mal llamado museo de Orinoca es una muestra o, mejor dicho, una prueba inculpatoria de una “no” política cultural y de turismo, algo hecho a partir de las pulsiones más bajas de la vida política boliviana: la zalamería y el mal manejo de los recursos, (ojo, no por robo, sino por construir y armar algo que no tenía utilidad, ni siquiera cuando Morales fungía de dueño del país).
Si ese dinero se hubiera utilizado pensando en el bien del país, y en valorizar nuestras raíces andinas, se lo hubiera destinado a mejorar y consolidar los museos de Tiahuanacu. Morales desperdició la oportunidad de hacer una acción que, además, entonaba con su supuesta ideología indigenista.
Las ruinas de Tiahuanacu no son tan espectaculares como las de Machu Picchu o las del Sachsawaman, pero son valiosas y están ubicadas a pocos kilómetros del Perú, de donde llega la mayoría de los turistas internacionales que nos visitan. Tiahuanacu debe ser tomada en serio, ese es uno de los trabajos pendientes que tiene el Ministerio de Turismo, Cultura y ramas anexas.
El autor es operador de turismo
Columnas de AGUSTÍN ECHALAR ASCARRUNZ
















