Maradona: ¿un Dios con pies de barro?
Resulta demasiado fácil relacionar cualquier deporte con Dios. Cuando un ser humano logra ser el más rápido del mundo, el más fuerte o el más resistente, desafía la lógica, la física y los límites de la carne. Por eso, las mayores figuras del deporte aseguran, durante las ruedas de prensa posteriores a su competición, que han alcanzado ese más allá gracias a la ayuda de Dios: Ayrton Senna incluso entraba en trances cuando sometía a la máquina en los circuitos de Fórmula 1 y gritaba mensajes ininteligibles dentro del coche. Pero ningún atleta ha alcanzado el estatus de Diego Armando Maradona, un tipo cuya imagen ha quedado asociada a Dios para la posteridad. Porque la única forma de comprender a Maradona era a través de Dios, dice el español Juan Sanguino, en un artículo publicado a propósito del estreno del documental “Diego Maradona”, de Asif Kapadia, el pasado 11 de julio.
Lo que actualmente parece difícil es asociar esa imagen endiosada con la figura regordeta del exdeportista, que el pasado domingo fue anunciado como el nuevo entrenador del argentino Gimnasia y Esgrima de La Plata, Maradona tendrá el difícil reto de sacar al equipo de la zona del descenso y dejarlo en la Superliga de primera división.
Pero cuando Maradona entraba a su presentación oficial como DT, parecía la representación que el cineasta Paolo Sorrentino hizo de él en “Youth” (Juventud), sin embargo, era Maradona, entrando a un entrenamiento abierto con un energizante Speed Unlimited en la mano izquierda, como si fuera lo único que podría sostenerlo en esa cancha deportiva. Ese energizante que tiene venta prohibida en alguna región argentina por sus componentes considerados “no aptos para el consumo”. El ídolo se mostró conmovido por el caluroso recibimiento que recibió como nuevo entrenador del club Gimnasia y Esgrima La Plata, en la presentación que contó con unos 25.000 enfervorizados hinchas presentes en el estadio.
“Creía que el corazón me iba a explotar. Hoy me sentía en el cielo”, dijo Maradona el pasado domingo durante una rueda de prensa en un hotel céntrico de La Plata (60 km al sur), tras su primer entrenamiento al frente de Gimnasia, en su regreso al fútbol argentino, casi una década después de dirigir a la selección albiceleste.
Maradona, de 58 años, contó que “viví muchas cosas hermosas. El nacimiento de mis hijas, de mis hijos. El corazón creía que se me iba a reventar. Y hoy cuando salí a la cancha me pasó lo mismo. Pero alguien de arriba (desde el cielo) me frenó. Hoy me sentí en el cielo, cuando toda la cancha me estaba viendo. Y estaba hablando con ella (su madre, Tota, fallecida en 2011)”.
“Nosotros vamos a confiar en todo el mundo mientras podamos trabajar con tranquilidad. Yo no conocía a muchos muchachos (de Gimnasia) porque estuve más afuera que acá en la Argentina. Quería darme este gusto”, destacó Maradona.
“El 10” insistió en que durante mucho tiempo estuvo “prohibido” para dirigir en el fútbol argentino y aseguró que en el Mundial de Estados Unidos-1994 no cayó en el dopaje, a pesar de haber dado positivo de efedrina, por lo que fue descalificado de esa Copa del Mundo.
“Lo del doping del 94 no se lo cree ni un pibito (niño) de cinco años. Lo que pasa es que no vendían ni una entrada para el Mundial y tenían que hacer que Argentina se clasificara con Maradona. Cuando vendieron todo, me limpiaron”, señaló.
¿POR QUÉ SIGUE SIENDO UN ÍDOLO?
El documental recién estrenado de Kapadia centra su relato en las siete temporadas que “El 10” pasó en el Nápoles. Aquellos años condensan el auge y la caída, el ídolo y el hombre, el mito y el chiste y demuestran que ningún ser humano podría estar a la altura de semejante adoración por parte de las masas. Si resulta demasiado fácil relacionar cualquier deporte con Dios, el fútbol es directamente la religión pagana de nuestro tiempo: lo respiramos desde niños, lo disfrutamos con las vísceras en vez de con el cerebro y nos lleva a una euforia colectiva que se transforma en éxtasis. Maradona era sólo un hombre (se dijo de él que era listo con los pies pero no con la cabeza, que era un gran jugador pero no una gran persona), pero durante esas siete temporadas en Nápoles al mundo entero se le olvidó y le trató como a un mesías, asegura Sanguino.
La tesis del mito se revela, según todos los expertos, en los cuartos de final del mundial de México 86. Argentina se enfrentaba a Inglaterra cuatro años después de la invasión del ejército británico en las Maldivas, de modo que la selección argentina acudió a ese partido como “soldados en zapatillas Flecha”, según recuerda Maradona en su autobiografía “Tocado por Dios”. Los dos goles que marcó Diego, dándole el paso a la semifinal a su equipo, representan tan bien su legado que ningún guionista de cine lo consideraría verosímil: el primero, impulsado con una mano que el linier ignoró (y que pasaría a la historia como “la mano de Dios”) y el segundo tras una jugada de 60 metros, regateando a cinco jugadores ingleses distintos y nombrado “el gol del siglo” por la FIFA en 2002. El inglés Gary Striker reconoció que estuvo a punto de aplaudir ese segundo gol en el césped: “No había sentido algo así nunca, parecía imposible marcar un gol tan bonito. Es el mejor jugador de la historia con muchísima diferencia. Un fenómeno genuino”. El comentarista uruguayo narró el gol describiendo a Maradona como “una cometa cósmica de otro planeta”, el comentarista argentino gritó “Gracias Dios por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas”. La magia de Maradona para regatear como si el balón estuviese pegado a sus botas sólo podía comprenderse, explicarse y disfrutarse en términos sobrenaturales.
Por eso Nápoles resultó un hogar tan improbable para Maradona (el jugador más caro del mundo en dos ocasiones recalaba en un equipo que luchaba contra el descenso) como ideal para su figura: una ciudad supersticiosa, apasionada, lastrada por los bajos fondos y situada al lado de un volcán. Cuando jugaban en las ciudades prósperas del norte (Milán, Turín, Parma) los tifosi les recibían llamándoles guarros, perros y coléricos. El Nápoles era el underdog, el perdedor rebelde al que nadie vio venir, y Diego Maradona conocía perfectamente esa sensación.
Él había nacido en un barrio de chabolas de Buenos Aires y su actitud rebelde ante la vida era la misma que en el campo: supervivencia, instinto y furia. Maradona levantó el espíritu de sus compañeros en el Nápoles y de los napolitanos, que por fin encontraron en él algo de lo que estar orgullosos. Cuando le dio al Nápoles el primer Scudetto de su historia, la fiesta en la calle duró dos meses. Los napolitanos cantaban “Mamma, ¿por qué mi amor late así? Porque he visto a Maradona y estoy enamorado” (la capacidad del fútbol para despertar un sentimentalismo masculino que los hombres no expresan en ningún otro ámbito de su vida de nuevo vincula este deporte con el fanatismo religioso), una pintada apareció a la mañana siguiente en el cementerio que decía “No sabéis lo que os habéis perdido” y una enfermera, tras hacerle un análisis de control antidopaje, llevó el vial con la sangre de Maradona a la iglesia de San Gennaro. Unos controles antidroga que, una vez el futbolista reconoció que había sido adicto a la cocaína desde que la probó en Barcelona en 1983, resultaron haber estado amañados.
Maradona le dio otro Scudetto más al Nápoles, una Coppa Italia y una copa de la UEFA. Tenía a la afición tan de su lado que cuando Italia se enfrentó a Argentina en el Mundial de Italia 90, en el campo de San Paolo de Nápoles, Maradona pidió a sus hinchas que apoyasen a la selección argentina porque el resto de los italianos humillaba a los napolitanos y por tanto “Napoli non è Italia”. Esto desató el odio de toda la nación y nadie quiso apoyarle cuando la justicia le investigó por tráfico de drogas (técnicamente, él le suministraba cocaína a las prostitutas que contrataba). El mismo descaro que le convirtió en un ídolo, que le llevó a creerse por encima del bien y del mal, acabó hundiéndole cuando sus relaciones con la Camorra napolitana (cuyos líderes le proporcionaban cocaína y prostitutas para a continuación pasarle el teléfono a sus hijos para que saludaran al astro) acabaron con sus 165 centímetros de pura energía en la cárcel y una suspensión profesional de un año.





























