La democracia directa, su lado criminal
El horrendo, cruel y cobarde asesinato del viceministro del Interior Rodolfo Illanes no sólo nos muestra la cara más fea de la Federación de Cooperativas Mineras de Bolivia, sino la de los movimientos sociales y la de Bolivia en general. Sólo una sociedad podrida o extremadamente primitiva, o una combinación de ambas características puede llevar a un crimen de esta naturaleza, a este tipo de extrema deshumanización.
El Presidente ha comparado el suplicio de su Viceministro con el de Cristo. El de Illanes fue mucho peor, a fin de cuentas Jesús sabía que iba a resucitar al tercer día. Estremece pensar en las últimas horas de vida de ese alto funcionario a quien sus conocidos no dudan en considerarlo un buen hombre. Aunque no lo ha demostrado de buena manera, uno puede imaginar también los sentimientos encontrados que deben tener nuestro primer mandatario y su entorno. En primer lugar porque lo acontecido aquella horrible tarde no deja de tener un algo de premonitorio, pero ante todo, porque la gente del Gobierno tiene que estar pasando un muy duro momento, y es que algo salió muy mal, y si ellos decidieron que era preferible sacrificar a un inocente antes que enfrentar a los canallas que estaban cometiendo un delito, van a tener que vivir con esa decisión hasta el fin de sus días. Los fantasmas existen, lo sabemos gracias a Hamlet y a Macbeth, están en la mente de uno, producto de nuestras acciones y de nuestras omisiones.
Buscarle tres pies al gato, y tratar de encontrar un responsable fuera de los canallas que dirigen a los cooperativistas y los actores directos del crimen, es un absurdo. No señor Presidente, esta vez no fue ni la derecha ni el imperio, y no señores opositores a Evo, es verdad que la otra opción para salvar al viceministro Illanes hubiera tenido eventualmente enormes costos en vidas.
Don Evo Morales ha declarado a Rodolfo Illanes como héroe. El Viceministro no lo fue, fue una víctima, un mártir, y merece el más grande de los respetos, pero precisamente por eso, se debe evitar un ensalzamiento excesivo y no acorde a los hechos. También ha dicho que lo que pasó en Panduro fue un intento de golpe de Estado. Su Excelencia, que a veces confunde los términos, como lo demuestra lo arriba mencionado, tiene, sin lugar a dudas, una gran experiencia en cuanto a bloqueos, y hay que creerle, si él dice que hubo un intento de golpe, lo hubo. Eso sí, esto nos permite recordar que lo que sucedió el 2003 fue algo muy similar, y evidentemente, de acuerdo a la calificación de Evo, eso fue un golpe de Estado. Por una vez le doy toda la razón a nuestro Jiliri Irpiri.
Esa constatación no sirve sólo de anécdota. Toca poner las cosas en su lugar, más vale tarde que nunca. Uno puede alegrarse de que el Gobierno haya decidido volver a prohibir el uso de dinamita en manifestaciones, pero el asunto debe ir más allá. El bloqueo de caminos debe ser erradicado de la vida pública boliviana, esa no es una práctica que pueda convivir con la democracia. De hecho, es un atentado contra un derecho primordial del ciudadano, que es la libre transitabilidad. Los bloqueos son una forma de secuestro masivo, y deben ser seriamente condenados. Las amenazas criminales de quienes hacen bloqueos deben ser tomadas en serio y deben ser castigadas. Esos son los pasos iniciales para recuperar nuestra calidad de sociedad civilizada.
Lo acontecido en el altiplano hace 10 días tiene que sacudirnos a todos, pero tiene que sacudir ante todo a quienes confían en los movimientos sociales y en la mal llamada democracia directa, o democracia radical. El asunto es serio, porque es en este tipo de prácticas y de alianzas que está fundado el actual sistema de poder. ¿Se podrá revertir eso?
El autor es operador de turismo.
Columnas de AGUSTÍN ECHALAR ASCARRUNZ




















