El pozo
“Más bien retrocedemos al fondo del planeta, a una época geológica donde anida la sombra. Es una persecución del agua a través de la masa impasible. Más solitarios cada vez, más sombríos, obscuros..."
Hace más de 25 años leí el cuento “El pozo” de Augusto Céspedes. A pesar de la cercanía de la pubertad, recuerdo la impresión indeleble que me dejó el relato, abriendo inquietud y curiosidad por las tristezas y abismos de la historia de Bolivia, ya que este cuento tuvo la capacidad de ilustrar el laberinto de vivencias e ideas que, de alguna forma, transformaron al país, dando a probar un atisbo de la incontenible hoguera que inspiró a la “generación del Chaco”.
En el meollo de los vericuetos extraños y maravillosos del azar, días atrás me tocó conocer la magnífica casa de Alejo Céspedes, hijo del eximio escritor. Verena Looser, su adorable esposa, denunció al Colectivo “No a la tala de árboles en Cochabamba” que un vecino, vía los estrados judiciales, le estaba obligando a talar un bosque de pinos, para ser reemplazado por una pared. Como dominan los afanes especulativos y de lucro en torno a los espacios vitales, nada raro que la familia perdiera el juicio, primando, para la “justicia”, el vital y trascendental muro sobre los árboles.
Viendo la manera de ayudar, cuando llegamos a la vivienda, no solamente nos deslumbró el trasfondo histórico de la casa, sino la belleza del paraje en su integridad. Los jardines, custodiados por la presencia de los solemnes pinos, asimismo albergaban molles, árboles frutales y un chillijchi que, en plena floración, atraía a infinidad de picaflores y loros. Además, al comenzar septiembre, se escuchaba el canto de chiwalos, tordos músicos y “cabecitas negras”. El inmueble también era digno de admirar. La fachada barroca se encontraba plagada de retratos que representaban a la familia, pintados por el mismo Alejo. Así, entre un sinfín de dibujos risueños, resguardando la morada, se percibía el semblante del “Chueco Céspedes”.
Dando rienda suelta a los pensamientos, reflexioné que esa casa, sus árboles, sus jardines, el arte de sus detalles, reflejan aquella Bolivia que agoniza ante las inclementes presiones de esa concepción de “progreso” distorsionada, ecocida, irresponsable, que hoy se vislumbra. Al frente, en los terrenos del vecino que quiere muro en detrimento del bosque de pinos, sobresalía esa lógica: decenas de troncos de molles arrancados, escombros de concreto por todas partes, una gris y lúgubre verja de cemento.
En ese sentido, hay una Bolivia que parece sucumbir. Como desaparecen los jacarandás, sauces, quewiñas y toborochis, están amenazados la infinidad de pájaros del Madidi, los ríos del trópico, la quietud y los colores del salar de Uyuni, los pantanales del sur con sus enormes lagartos, los cantados lagos ancestrales. Junto con ellos, la Bolivia de la delicadeza en las letras y en el arte, igualmente se esfuma, quien sabe, por falta de inspiración. En su lugar, se impone un país en el que proliferan los bodoques de cemento, los sórdidos y antiestéticos “megaproyectos” de utilidad imprecisa, los calcinantes parajes descampados, los ruidosos espectáculos de estadio, los logos de “Viva”, “Tigo”, “Entel”, “Coca-cola” (o cualquier otro postor corporativo) que inundan, incluso, la tan vanagloriada majestuosidad del Carnaval de Oruro.
Cual ilustrativa paradoja, tal vez la desoladora descripción de Céspedes en el cuento mencionado se ajuste a esa nueva Bolivia que, por obra y gracia de los afanes “desarrollistas” se metaforiza en un pozo seco e inanimado: “Más bien retrocedemos al fondo del planeta, a una época geológica donde anida la sombra. Es una persecución del agua a través de la masa impasible. Más solitarios cada vez, más sombríos, obscuros como sus pensamientos y su destino, cavan mis hombres, cavan, cavan atmósfera, tierra y vida con lento y átono cavar de gnomos”.
La autora es socióloga.
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA





















