Retrospectivas y realidades
¿Seguiremos presenciando, impasibles e impotentes, la destrucción sistemática del entorno natural en el que crecimos?
Retrospectiva 1: De niña me encantaba ir a la tienda de la esquina, flanqueada por los pasos lentos de mi abuelito Jorge. En cada recorrido, ante nosotros se presentaba el más extraordinario de los paisajes de la primavera valluna: Enormes jacarandás en flor nos daban la bienvenida. Flores arriba y flores abajo, la estampa asemejaba a un psicodélico espejo donde el follaje lila de los maravillosos árboles, se reflejaba en el suelo a través de decenas de flores desprendidas, dando la sensación de caminar sobre agua cristalina.
Realidad 1: Hace unas semanas salí con la intención de disfrutar de una apacible caminata de domingo. Crucé la avenida y fui recibida con un sinfín de bocinazos e insultos con los que diariamente se “celebra” a los peatones y ciclistas. Acostumbrada al maltrato cotidiano que atesta a este país, decidí mantener mi buen humor. No obstante, luego de cinco minutos transitando por aceras peladas y sofocantes, sentí achicharrarme en el sol. Desesperada, me desvié del camino hacia una de las pocas vías que todavía contaba con molles y chillijchis. Desconcertada, me encontré con los árboles talados. Me refugié en la miserable sombra de un edificio, tratando de contener el llanto.
Retrospectiva 2: Una de las cosas más asombrosas del valle de Cochabamba son los amaneceres y atardeceres, especialmente entre noviembre y mayo. Hay días en los que la configuración de las nubes y la luz de los rayos solares ofrecen un espectáculo de colores que deja sin habla. Ello suele ser acompañado por multiplicidad de trinos de aves, generando la impresión de que las alboradas y los ocasos tienen una peculiar y sublime “banda sonora”.
Realidad 2: Una tarde calurosa, el regalo de la lluvia se ensalzó en Cochabamba. Instantes de extraños sortilegios y azares, la garúa cayó mientras aún salía el sol, así que me dispuse a buscar el arcoíris. Sin embargo, no atisbé un solo pedazo de cielo que no estuviera cubierto por mamotretos grises que se alzaban por doquier. Aceleré mi marcha hacia un puente y hallar la visibilidad que necesitaba. Al llegar al puente de Cala Cala, me topé con un ciudadano que arrojaba una bolsa llena de basura al río Rocha y después darse a la fuga. Para ese momento, en lugar del arcoíris, se imponía el olor nauseabundo de la agonía del río Rocha, cual sórdida alarma de pesadilla.
Retrospectiva 3: Revisando la colección de Rodolfo Torrico Zamudio de fotografías de la Cochabamba de antaño, se vislumbra un paraíso de árboles y “kochas” que le dieron nombre a esta tierra que otrora fue una “pampa de lagunas”. También, cuentan los abuelos que en la variedad de lagunas que atesoraba Cochabamba, la gente se deleitaba a la sombra de sauces llorones y bajo el hechizo del perfume de las hierbas silvestres.
Realidad 3: De decenas de espejos de agua que caracterizaba a la mítica “Kocha Pampa”, hoy sobreviven tres lagunas, todas transgredidas, todas en peligro. La laguna Alalay sucumbe en nuestras narices y la laguna de Quenamari está en la mira de las tendencias ecocidas que asesinaron a sus hermanas. Por si no fuera suficiente, quieren intervenir la laguna de Coña Coña para la construcción de un millonario “patinódromo” cuya utilidad se reduce a los juegos Odesur, show coyuntural al estilo de otros análogos con los que los abusivos gobiernos de países saqueados pretenden maquillar las terribles deficiencias de sus gestiones. En consecuencia, lo que resta por escribir para culminar esta narración tiene que ver con un factor crucial: ¿Será que la ciudadanía de Cochabamba permitirá la vulneración de una de las escasas áreas verdes que quedan en la llajta a título de una ilusión vana y cortoplacista? ¿Seguiremos presenciando, impasibles e impotentes, la destrucción sistemática del entorno natural en el que crecimos?
La autora es socióloga.
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