Para ustedes señores desarrollistas
Es importante recalcar de dónde proviene la idea de “desarrollo” dominante en América Latina, aunque suene a obviedad.
La mayoría de los Estados latinoamericanos heredaron las estructuras coloniales y nacieron sumidos en modos de producción esclavistas y/o feudales en los que la mayor parte de la población era explotada sin tregua, violada y humillada. Menos se los reconocía como sujetos de mínimos derechos civiles y políticos y ello nos incluía a nosotras, las mujeres. Esa fue la característica del siglo XIX y parte del siglo XX.
Ese orden social tenía una particularidad: su racialización. Es decir, el origen étnico definía el papel en la división social del trabajo. Si se tenía un origen “indígena” o “negro”, el “destino” era ser esclavo. Si el origen era “europeo” (“blanco”) o “mestizo” portador de los “nobles” apellidos de la oligarquía que detentaba el poder, se era patrón y gobernante.
Aquel orden social derivó en un pensamiento que lo justificase. Se aseguraba que la humanidad se diferenciaba en razas “superiores” e “inferiores”, ello incluía la pleitesía monárquica de los apellidos y las “buenas familias”. “Casualmente”, justo los patrones detentaban la “raza superior” o “civilizada” y la fuerza de trabajo eran las “razas inferiores” o “barbarie”.
Por otro lado, al ser el esclavismo y el feudalismo modos de producción rurales, la fuerza de trabajo estaba concentrada en el campo. En el pensamiento racista ello se trastoca en un imaginario que identifica lo rural con lo “indígena” o “negro”; así lo rural se vuelve “bárbaro”.
Al mismo tiempo, la segunda ola de la revolución industrial, a partir de fines del siglo XIX, se caracterizó por un culto enfermizo al “progreso” al amparo del positivismo y del darwinismo social. Se romantizaba el prepotente dominio humano (“civilización”) sobre la naturaleza (“barbarie”) y se soñaba un “progreso” pelado bajo el humo de las industrias, el ronco sonido de los coches y la fatuidad del consumo. Desde esa concepción, la naturaleza pasó a confirmarse como parte de lo “bárbaro”.
Esa mentalidad se propagó tanto en Bolivia, que inclusive llegó a los grupos afectados por la inequitativa estructura social. Casi todos/as los sectores sociales asumieron una idea de “civilización”, “progreso” y “desarrollo” como sinónimos de cemento, pozos petroleros, humeantes industrias y fortunas fáciles a costa del extractivismo desmedido, mientras la naturaleza y sus manifestaciones recuerdan al “campo”, a lo “indígena”, a la “barbarie”.
Hoy, en pleno siglo XXI y cuando los “referentes” europeos hacen su mea culpa ambiental porque ya ubicaron que ese modelito es insostenible, necio y suicida, en Bolivia estamos anclados en el siglo XIX.
En Cochabamba las consecuencias de esa lógica se pueden ver, oler, respirar, palpar, escuchar. Nos nubló tanto el cerebro el chillón brillo del cemento que hoy contamos con un vergonzoso 2,58% de cobertura arbórea en la ciudad y, más de paso, los proyectos de inversión pública continúan creyendo que vale la pena sacrificar árboles y áreas verdes por más concreto, más autos, más asfalto. Ninguneamos a los ríos, lagunas, bosques y montañas de este valle, al punto que el cantado río Rocha agoniza en nuestras narices colmado de basura y escombros, en las lagunas se quieren hacer más canchas deportivas y el Parque Tunari está condenándose a erigirse cual un Mordor local entre incendios y especuladores de tierra.
Dadas las circunstancias, tal vez no queda esperanza ambiental para esta ciudad y país. Pero por lo menos, señores desarrollistas, asuman de dónde viene su tara, verifiquen de dónde sale su rancia y estrecha mentalidad. Y no se hagan a los “modernos”, “avanzados”, “revolucionarios” y/o “progres”, porque su mentalidad es colonial, racista, retrógrada y producto de un trauma colectivo que ya deberían superar.
La autora es socióloga
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA



















