De campesinos a mineros: la segunda migración cochabambina
A fines del siglo XIX e inicios del XX la estructura agraria de Cochabamba sufrió importantes transformaciones. No es que dejara de estar basada en los latifundios donde se explotaba la mano de obra indígena, sino porque apareció un importante mercado de tierras que hizo que artesanos y artesanas, empleados y campesinos sin tierra vieran con avidez la posibilidad de transformarse en dueños de una pequeña parcela de tierra.
Los y las migrantes a las salitreras en parte tuvieron esa aspiración, pero no fueron los únicos. Una multitud de cochabambinos para hacerse de un pequeño capital también escogió migrar a las minas de estaño, cuya producción alcanzaba vuelo en Oruro y Potosí en la primera década del siglo XX.
¿De dónde venían esas tierras? En parte de aquellas que los hacendados vendían para hacer frente la crisis provocada por la pérdida del mercado del grano y la harina de trigo. Y en parte por la disolución de las comunidades indígenas que circundaban los pueblos de Sipe Sipe, Passo y Tiquipaya. Formadas hacia 1570 por el Virrey Francisco de Toledo, no sobrevivieron a la arremetida liberal de fines del siglo XIX.
La migración cochabambina hacia las minas de estaño comenzó a tomar cuerpo en la primera década del siglo XX, pero se hizo más fuerte en la segunda gracias al ferrocarril a Oruro que redujo una caminata a pie o en mula de una semana a unas pocas horas. El flujo no se detuvo en los años siguientes, cuando la región siguió alimentado de fuerza de trabajo a los oscuros socavones.
Si bien buena parte de quienes buscaban nuevas oportunidades en las minas pensaba en regresar a Cochabamba, un alto porcentaje terminó asentándose en los pueblos mineros que iban formándose y creciendo como Llallagua, Catavi, Uncía, donde la gente de Cochabamba llevó sus costumbres festivas, la chicha, su idioma y sus hábitos de vida, tal como ocurrió en las salitreras.
Esta situación dio lugar a la conformación de un nuevo tipo de trabajador minero. En el siglo XIX, durante la era de la plata, el laboreo casi en todas sus fases, principalmente aquellas menos complejas pero de fuerte demanda de fuerza de trabajo, como pallar, moler o acarrear mineral, estaba a cargo de trabajadores estacionales. Eran generalmente indígenas, hombres y mujeres, de comunidades circundantes que iban a la mina solo en algunas épocas del año y se retiraban en la época de siembra, cosecha y fiestas o que faltaban el primer día de semana para libar al “san lunes”. No vivían del salario y el dinero de la paga era sólo complementario a su trabajo agrícola.
La estacionalidad laboral causaba fuertes perjuicios a los empresarios que tenían que adaptar su ritmo de trabajo al ciclo agrario o al ritmo de la fiesta.
No puede hablarse entonces de un proletariado minero en el siglo XIX. No ocurrió lo mismo en la minería del estaño y el resto de las minas. Se formó un mercado de trabajo y el numero de trabajadores pudo subir de unos ocho mil hacia 1890 a unos cuarenta y cinco mil hacia 1940. Asentados en los pueblos con sus familias, rompiendo nexos con la agricultura, los trabajadores empezaron a depender del salario para sobrevivir. También comenzaron a percatarse que dependían de las condiciones de su vivienda, de la salud o las escuelas para sus vástagos.
Esta condición generó un piso para el nacimiento de las primeras organizaciones obreras allá por 1918 y 1919. En 1923 en Uncía se produjo la primera de las masacres obreras, —luego vendían muchas otras—cuando los trabajadores reclamaron su derecho a organizarse y mejores condiciones de vida. Con el tiempo, la lógica salarialista y asistencialista cedió a la política y en la cuarta década del siglo pasado los mineros pasaron de una clase en si a una clase para si.
El mundo de la mina fue una escuela de aprendizaje laboral y sindical, donde los hijos de los campesinos del valle aprendieron una cultura y una disciplina obrera, aunque los ritos agrarios, como el tío, perdurarán.
En 1947 centenas de trabajadores mineros fueron despedidos por causas políticas y sindicales. Varios de ellos, como Enrique Encinas y Sinforoso Rivas regresaron a los valles cochabambinos de donde sus progenitores habían partido llenos de expectativas. Ambos, junto con otros, organizaron la lucha que culminó en 1953 con la Reforma Agraria que trajo la tierra que tanto deseaban los y las migrantes de Cochabamba en sus días de mina.






















