Ojulia, la ciudadela prehispánica olvidada en los valles de Pocoata

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Publicado el 23/03/2026 a las 11h44
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Texto: Sistor Uturunco

Fotos: Nilo Uturunco

Enclavado en los valles interandinos del norte de Potosí, el municipio de Pocoata, tercera sección de la provincia Chayanta, es uno de esos territorios donde el tiempo parece transcurrir a otro ritmo. Rodeado de montañas, en su mayoría de tonalidades rojizas, a cuyos pies se despliegan extensos campos de cultivo de maíz y otros productos propios del valle, trabajados por comunidades que conservan intacta su esencia, este rincón de Bolivia resguarda una riqueza que va más allá de sus paisajes: aquí, la historia, la cultura y la memoria conviven en cada rincón.

Centro poblado de Pocoata

A primera vista, Pocoata se presenta como un pueblo tranquilo, asentado sobre una elevación que se abre entre dos ríos. Sus calles, sencillas y llenas de carácter, se organizan en un trazado en damero en el centro histórico, herencia del periodo colonial, mientras que hacia las zonas bajas descienden de forma serpenteante, adaptándose al relieve y al capricho natural del terreno sobre el que se asienta la población.

Sus habitantes, sencillos y amables, tienen en el saludo una expresión cotidiana de respeto y convivencia. En la capital municipal, la actividad comercial dinamiza la vida diaria, mientras que en las comunidades circundantes la población se dedica principalmente al cultivo de la tierra y a la crianza de animales, manteniendo prácticas productivas heredadas de generaciones.

Esta esencia sociocultural se expresa también en las formas de organización social. Los ayllus continúan siendo el núcleo de la vida comunitaria, articulando no solo la producción, sino también las decisiones colectivas, las festividades y los vínculos entre familias. Las celebraciones, cargadas de música, danza y simbolismo, revelan una identidad que ha resistido el paso del tiempo.

En el centro poblado, la presencia de una iglesia colonial añade otra capa de historia. Este templo, construido durante la época colonial, se erige como un testimonio del encuentro —y muchas veces imposición— entre dos mundos. Sus muros, su disposición arquitectónica y su valor simbólico hablan de un periodo en el que las tradiciones indígenas y la religión católica comenzaron a entrelazarse, dando lugar a expresiones culturales únicas que aún perduran. Pero si el presente de Pocoata es rico y diverso, su pasado guarda aún más secretos.

Un territorio marcado por antiguas ocupaciones

Los alrededores de Pocoata esconden evidencias de antiguas ocupaciones humanas, aún poco conocidas por los estudiosos, que revelan la importancia histórica de esta región. Comunidades como Jarana, Huancarani y Takoni Qasa, entre otras, conservan vestigios cerámicos, estructuras de piedra y espacios ceremoniales de posibles asentamientos prehispánicos.

Estas evidencias, muchas veces conocidas únicamente por los pobladores locales, forman parte de un patrimonio que no ha sido plenamente documentado. Sin embargo, su presencia permite inferir que este territorio no fue marginal, sino parte de dinámicas más amplias de ocupación, intercambio y organización social en los Andes.

El norte de Potosí, en general, fue un espacio de interacción entre diversas culturas prehispánicas, donde los Qaraqara-Charcas ejercieron una fuerte influencia, antes de la expansión del Imperio Inca. Este contexto abre la posibilidad de que los vestigios encontrados en Pocoata correspondan tanto a periodos incas como a civilizaciones anteriores, cuyos rastros aún permanecen en la memoria del territorio.

En este contexto, hay un lugar que destaca por su magnitud y potencial arqueológico.

Ojulia, la ciudadela que resiste al olvido

A pocos kilómetros al sudeste de Pocoata, en medio de un valle interandino de singular belleza, se encuentra la comunidad de Jarana Alta. A simple vista, el paisaje no difiere del resto de la región: cerros, vegetación dispersa y áreas de cultivo. Sin embargo, al aproximarse a uno de sus cerros principales, el terreno comienza a revelar las huellas de un pasado mucho más complejo, conocido localmente como Ojulia.

Tras una travesía por una ladera empinada que, en algunos tramos, se torna difícil debido a la presencia de tierra suelta de origen volcánico, se alcanza la cima. Desde allí, se revela un conjunto arqueológico de grandes proporciones que se extiende sobre aproximadamente dos hectáreas.

El centro arqueológico de Ojulia aparenta ser una ciudadela amurallada, conformada por múltiples recintos de piedra que, en su momento, habrían albergado pequeños caseríos organizados de manera planificada.

Los muros, de entre 80 centímetros y un metro de ancho, aunque deteriorados, aún permiten distinguir trazos de planificación: espacios delimitados, posibles calles internas y áreas que habrían cumplido funciones específicas dentro del asentamiento. Su disposición sugiere que no se trataba de una ocupación aislada, sino de un núcleo importante dentro de la dinámica regional.

Sin embargo, el origen de esta ciudadela sigue siendo un misterio. No existen estudios arqueológicos que permitan determinar con precisión si corresponde a la época del Imperio Inca o si, por el contrario, pertenece a culturas más antiguas que habitaron la región antes de la expansión incaica. Esta incertidumbre, lejos de restarle valor, incrementa su relevancia como objeto de investigación.

Entre la necesidad y la pérdida

A pesar de su importancia, el sitio de Ojulia no ha estado exento de intervenciones que han afectado seriamente su integridad. Hacia el año 2004, según recuerda Heber Pillco, quien ofició como nuestro guía, los habitantes comenzaron a remover partes de las estructuras con el propósito de habilitar terrenos para el cultivo de cebada, destinada a servir como forraje para sus animales. En este proceso, varios muros fueron derruidos y los espacios fragmentados, alterando de manera significativa la configuración original del conjunto arqueológico.

Sin embargo, estos intentos de aprovechamiento agrícola no dieron los resultados esperados. Las gramíneas no lograron desarrollarse lo suficiente como para ser aprovechadas, debido a las condiciones del suelo y la ubicación del sitio, que resultaron poco favorables para la producción. Como consecuencia, las parcelas fueron abandonadas.

Aun así, las huellas de la intervención permanecen visibles: piedras desplazadas, estructuras incompletas y sectores que han perdido su forma original evidencian el impacto sufrido.

Este fenómeno refleja una realidad compleja, en la que la necesidad de subsistencia y la falta de información sobre el valor patrimonial del sitio confluyen, derivando en la transformación —y en algunos casos, la destrucción— de estos espacios.

Ojulia, lugar de ritos

Pese al fracaso de la iniciativa agrícola, el recinto arqueológico de Ojulia continúa siendo un espacio vivo en la memoria y en las prácticas de los comunarios como un espacio sagrado. Lejos de quedar en el abandono absoluto, el lugar es aún frecuentado en determinadas fechas, especialmente durante celebraciones de carácter religioso, tanto católicas como de raíz ancestral.

En estas ocasiones, los habitantes ascienden hasta el sitio para realizar ofrendas que forman parte de un complejo sistema de creencias que ha perdurado a lo largo del tiempo. Uno de los rituales más significativos consiste en depositar huesos de cordero en pequeños recintos de piedra, a manera de “hornitos”, muchos de ellos delimitados por los propios comunarios dentro del área arqueológica.

Estos restos provienen de la preparación de la aycha qanqa, una comida ancestral de carácter ritual. Tras su consumo, todos los huesos —incluida la cabeza del animal— son cuidadosamente recolectados y posteriormente “sucachados”, es decir, ofrendados en estos espacios como parte de un acto simbólico de reciprocidad.

Se trata de una práctica cargada de significado, cuya profundidad y riqueza merecen, sin duda, un abordaje más detallado en otro reportaje.

Estos actos no son casuales: responden a prácticas de sanación, agradecimiento o petición, vinculadas a la salud, la protección o el bienestar. En este contexto, la ofrenda se dirige a la Pachamama, los apus (cerros sagrados) o a algún santo, concebidos como entidades vivas que escuchan, reciben y, eventualmente, retribuyen.

Así, el sitio de Ojulia no solo se define por su valor arqueológico, sino también por su dimensión simbólica y espiritual, demostrando que el pasado no desaparece, sino que se transforma y continúa habitando el presente.

   

Un pasado integrado al presente a través de los tiempos

Al pie del cerro donde se emplaza la ciudadela, el paisaje al parecer continúa revelando vestigios arqueológicos. En esta zona, es posible identificar restos de estructuras que, a diferencia de las ubicadas en la cima, han sido parcialmente incorporadas a la vida actual de la comunidad.

En este espacio, conocido como la comunidad de Jarana Alta, se puede conjeturar la convivencia de al menos tres periodos históricos: el prehispánico, el colonial y el republicano. Cada uno de ellos ha dejado huellas visibles en la configuración del lugar.

En el periodo prehispánico, se evidencia que algunas viviendas actuales parecen haber sido construidas sobre antiguos cimientos, reutilizando materiales líticos y aprovechando las bases originales de antiguas edificaciones.

La etapa colonial, por su parte, se manifiesta en la presencia de una pequeña capilla construida íntegramente en piedra, posiblemente extraída de los muros preexistentes. Según relata el comunario Iván Caisana, en este espacio se veneraba a la Virgen de la Asunta, cuya festividad —celebrada el 15 de agosto— se desarrollaba en un contexto de sincretismo entre lo católico y las tradiciones ancestrales. Hoy esa práctica ha ido perdiéndose de a poco.

Finalmente, el periodo republicano se hace visible en las viviendas más recientes, muchas de ellas levantadas sobre cimientos antiguos. En estas construcciones aún se pueden observar técnicas tradicionales, como el uso de argamasa compacta en los muros, herencia de prácticas constructivas de larga data.

En conjunto, estas superposiciones arquitectónicas evidencian una continuidad territorial en la que el pasado no desaparece, sino que se transforma y se integra al presente, dando forma a un paisaje donde la historia permanece viva.

Un potencial turístico aún por descubrir

El entorno natural de las comunidades de Jarana Baja y Jarana Alta, estrechamente vinculadas al centro arqueológico por constituirse en su principal acceso, configura un escenario privilegiado para el desarrollo del turismo en sus diversas facetas. Su cercanía a la población capital de Pocoata, el clima templado y los paisajes abiertos ofrecen condiciones ideales para impulsar iniciativas turísticas sostenibles. La combinación de belleza escénica, riqueza cultural y patrimonio arqueológico convierte a la zona en un destino con enorme potencial.

Sin embargo, este potencial aún no ha sido desarrollado de manera integral. La falta de investigación, de procesos de concientización local, así como de catalogación y medidas de protección, limita la posibilidad de que estos sitios sean plenamente valorados tanto por visitantes como por las propias comunidades.

Impulsar el turismo en la zona no solo representaría la generación de nuevas oportunidades económicas, sino también el fortalecimiento de la identidad local y la conservación del patrimonio. En esa línea, según el alcalde municipal Bladimir Tumiri, el municipio —a través de la Dirección de Cultura y Turismo— viene realizando esfuerzos para, en un futuro cercano, posicionar a Pocoata como un destino turístico. Para ello, se están llevando adelante trabajos de inventariación de su patrimonio cultural y natural.

Pocoata: historia viva bajo la superficie

Pocoata es mucho más que un destino geográfico. Es un territorio donde la vida cotidiana, la memoria ancestral y los vestigios del pasado se entrelazan de manera profunda. Desde sus campos de cultivo y su organización comunitaria, hasta su legado colonial y los misterios arqueológicos que emergen en comunidades como Jarana, Huancarani y Takoni Qasa, por citar otras más, este municipio se presenta como un espacio lleno de historias por descubrir y contar.

En un país donde muchos sitios arqueológicos han sido ampliamente estudiados y promovidos, lugares como Ojulia permanecen en silencio, a la espera de ser descubiertos y comprendidos. Tal vez, en ese silencio radique su mayor valor: la posibilidad de acercarse a un pasado aún no del todo interpretado, donde cada piedra puede convertirse en una pista.

Recorrer el municipio de Pocoata es, en ese sentido, una experiencia distinta. No se trata solo de observar, sino de interpretar, de escuchar y de comprender que, bajo la superficie de sus cerros y comunidades, late una historia en permanente revelación: la de una cultura profunda y diversa que da forma a la identidad del norte de Potosí.

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