Retrato necesario de Alfonso Canelas Tardío
Texto: Marco Zelaya*
No es que, con el paso de los años, haya elaborado una acabada clasificación, pero después de casi tres décadas en las redacciones queda en el espíritu como un álbum de imborrables y queridas fotografías, algunas en vivos colores, otras en sepia y las más en blanco y negro. Entre ellas está, en un lugar muy especial, la de don Alfonso Canelas Tardío.
En esa larga carrera por tratar de configurar el elusivo presente en la tapa de un diario, que es algo así como tratar de retener la arena que se filtra entre los dedos, he conocido a numerosos directores de publicaciones.
Ahora puedo decir, aunque sin ninguna pretensión de exactitud, que en uno de los extremos está el director desconfiado, que se cree indispensable y que no cede ni un minuto de respiro a la redacción.
En el centro de esa taxonomía creada al vuelo, está el director que vive en su torre de marfil, en un ámbito casi olímpico y que sólo baja a la redacción en muy contadas ocasiones.
En el otro extremo, está el director que llegó por esos azares de la vida a una redacción y que comete el error de confesar que en las reuniones editoriales o de tapa aprende todos los días algo nuevo, lo cual quiere decir que nunca antes experimentó el vértigo periodístico.
Y muy al margen de esas categorías, que se pueden considerar tópicas, está don Alfonso.
EL PERIODISTA
Es difícil evocar a don Alfonso en otro lugar que no fuera su oficina en la redacción de La Prensa, dotada de un amplio escritorio y del mobiliario de toda dirección, planificado para recibir las visitas de autoridades, de empresarios y de diplomáticos. Dirigió aquel periódico entre 1998 y 2003.
Era un hombre espartano y correcto en el vestir. Mesurado en el hablar, estoy convencido de que prefería escuchar a sus interlocutores, cuyas palabras parecía editar mentalmente, gracias a sus años como jefe de redacción, que le permitían discernir entre lo principal y lo accesorio, entre la paja y el trigo; diestro en este arte, reducía la florida retórica de las fuentes, por lo general políticas, a un solo titular con un verbo fuerte; en caso contrario, echaba esas declaraciones al cesto o bien sentenciaba que todo lo dicho por el caudillo que nunca falta era a duras penas un seguimiento que, además, no merecía más de una o dos columnas, porque al parecer tenía incorporada una regla periodística de cálculo que nunca fallaba. Tenía, además, la habilidad de leer entre líneas, por lo cual interpretaba la verdadera intencionalidad de un hecho que aparentaba ser otra cosa.
Un día me comentó que había estudiado el bachillerato en Buenos Aires; algo del look porteño tenía en el cabello, siempre peinado hacia atrás, a lo Gardel; digo espartano porque hay directores dionisíacos, pero don Alfonso no daba lugar ni a la suposición de algún mínimo exceso. Un hombre formado y forjado a la antigua y de los que ya se cuentan con los dedos de una mano.
Lo que lo hacía diferente de otros directores fue su formación, que combinaba en dosis iguales los secretos del oficio periodístico y el rigor argumental de la ratio legis. La alquimia de esos conocimientos necesariamente deriva en la constitución de principios muy sólidos y útiles en la faena diaria de catalogar la información y la opinión.
Don Alfonso, quien eligió por vocación la carrera de abogado, provenía de una familia de periodistas y editores de cepa.
En 1967, cuando Los Tiempos volvió a circular, después del feroz asalto, en 1953, de una turba acicateada por el movimientismo, el diario, fundado en 1943 por don Demetrio Canelas, su tío, necesitaba más periodistas que abogados; con 25 años, y cuando ya cursaba el último año de derecho en la Universidad Mayor de San Simón ayudó a su padre, don Carlos Canelas Canelas, a consolidar el retorno al mercado de este importante diario de alcance nacional.
El periódico renació como una empresa compuesta por los seis hijos de Carlos Canelas Canelas y Bertha Rosa Tardío de Canelas: Carlos Alberto, Eduardo, Alfonso, Gonzalo, Fernando y Enrique Canelas Tardío.
En esos años de reconstitución de Los Tiempos, don Alfonso fue jefe de redacción y posteriormente asumió como el cuarto director del diario valluno, un cargo que ejerció durante dos décadas, y que sólo dejó para asumir la dirección de La Prensa. Como abogado de profesión y después de unos años de haber ejercido el periodismo en Los Tiempos, realizó un curso de especialización de un año en la Universidad de Texas, en Austin, gracias a una beca de la Sociedad Interamericana de Prensa.
EL HOMBRE DE LEYES
Los años de práctica periodística, de olfatear la “pepa” o primicia noticiosa, de definir enfoques con los redactores superaron con creces a la vocación de litigar, aunque sacó tiempo al tiempo para un posgrado en la Escuela de Altos Estudios Nacionales, en el cual profundizó sus conocimientos sobre la agenda temática de la realidad nacional.
De escuela normativa formalista y rigurosa, don Alfonso comprendió que el periodismo tenía como materia prima la libertad de expresión; no concebía que el periodismo fuera libre sin un espacio amplio para informar, lo cual consideraba fundamental, aunque también remarcaba que esa libertad no era un cheque en blanco, sino que tenía como contraparte la responsabilidad.
Como hombre de leyes, tenía siempre presente que el constitucionalismo es la técnica de establecer límites al poder para el ejercicio de los derechos fundamentales de la ciudadanía y él mismo era como un dique que contenía los intereses extraperiodísticos que pudieran contaminar la labor informativa. Creía en el Estado de derecho y alentaba su fortalecimiento institucional, lo cual se reflejaba en sus certeros editoriales.
Comprendí a cabalidad su conducta profesional cuando, en el lobby de Los Tiempos, leí esta frase destacada del primer editorial, escrito por Demetrio Canelas: “La palabra independiente tiene un sentido que sugiere cierta doblez calculada, cierta ausencia de determinación conciencial para estar al alcance de toda conveniencia. Este es un diario libre, lo que es algo diferente”.
No he conocido a un director que fuera más respetuoso que don Alfonso con el trabajo de los periodistas, aunque también estaba atento ante la información sin fundamento o poco rigurosa.
Ante el desajuste sobrevenido, solía decir “no se preocupe. Deje que el tiempo ponga las cosas en su debido lugar”.
UNA DESPEDIDA
Mantuvimos hasta su muerte, acaecida el 26 de febrero de 2009 en Santiago, Chile, una cercanía de esas que sólo se forjan en una redacción.
Dos años antes, en uno de los momentos más aciagos de mi vida, cuando perdí a mi hija menor, recibí una llamada suya, pero ya no era para preguntarme sobre la tapa, sino para confirmar que yo contaba con él.
Lastimosamente, no pudimos despedirnos, pero le habría dicho, en palabras del gran Cicerón, lo que le diría un aprendiz al maestro del que aprendió mucho y a quien pretende emular: Amicitiae nostrae memoriam spero sempiternam fore (Espero que la memoria de nuestra amistad sea eterna).
*El autor es periodista y abogado especializado en derecho constitucional.


























