¿Acorralado por su propio plazo?
Algo cambió en Venezuela. Esos millones de ciudadanos permanentemente reprimidos por la Guardia Nacional Bolivariana vuelveN a las calles y esto provoca el nerviosismo de Nicolás Maduro que, en el peor momento de su gobierno, comete un craso error político.
Recordemos que la oposición ganó las elecciones parlamentarias logrando mayoría en el Órgano Legislativo y que el poder legítimo de éste le fue arrebatado mediante una estrategia operativizada por el Órgano Judicial para ser entregado a una Asamblea Constituyente que usurpa hasta hoy las atribuciones de la Asamblea Nacional de Venezuela.
De pronto, de ese Legislativo avasallado y despojado del poder que le dio el pueblo venezolano en las urnas, surge Juan Guaidó y se autoproclama como Presidente Encargado de Venezuela, asumiendo la misión de restaurar la constitucionalidad y convocar a elecciones para devolver a ese país su condición de Estado democrático y frenar el proyecto continuista del régimen chavista a cargo de Maduro.
Desconcertado por la aparición de Guaidó en la escena política, Maduro se muestra vulnerable y sorprende al mundo cuando pide diálogo a su enemigo irreconciliable, el gobierno de los Estados Unidos, con la pretensión, supongo, de contrarrestar el creciente respaldo a la presidencia de Guaidó manifestado por mandatarios de distintos países del mundo; pero en respuesta y de manera implícita, Donald Trump desconoce a Maduro al hacer público su reconocimiento al Presidente Encargado de Venezuela.
La reacción virulenta de Maduro no se deja esperar y anuncia la ruptura de las relaciones diplomáticas entre los dos Estados, dando un plazo de 72 horas para el retiro de la embajada y consulados de los Estados Unidos en Venezuela. He aquí el problema. Esta vez no es un simple improperio de los tantos vertidos por Nicolás Maduro.
Retirar de Venezuela a sus misiones diplomáticas, sea por evitar riesgos o por lo que fuere, significaría para Trump aceptar el poder de Maduro en la toma de decisiones de Estado ya que estaría acatando la ruptura definida por éste. Con ello, estaría reconociéndole tácitamente como Presidente de Venezuela.
Pero al parecer, las decisiones bilaterales responderán a la relación Trump-Guaidó, por tanto, dudo mucho que el gobierno estadounidense repliegue a sus representantes diplomáticos. En ese caso y luego de las 72 horas, Maduro tiene la disyuntiva de instruir el desalojo o retractarse.
Una intervención militar sobre las instalaciones físicas de la embajada y los consulados significaría, en el marco del derecho internacional, una invasión armada contra el Estado Norteamericano porque el Principio de Extraterritorialidad es claro cuando otorga inmunidad a los agentes diplomáticos y a los inmuebles asignados a éstos, por considerarse “territorio nacional” del Estado representado al interior de otro. Sería una gravísima transgresión que el país del norte podría capitalizar para justificar ante la comunidad internacional, una respuesta militar con resultados impensables.
Por otra parte, no proceder al desalojo o retractarse explícitamente, significaría para Maduro reconocer que perdió el poder, lo que creo, estamos lejos de imaginar. No hay vuelta que dar, sólo esperar el plazo fatídico.
La autora es politóloga y docente universitaria
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